ESPECULACIÓN

Orfeus , de Nolan Swift, es un libro enigmático. Imposible discernir si nos encontramos ante un manojo de ensayos, de apuntes biográficos, o  un esfuerzo de  mera invención. No se sabe, aunque hay un cierto tufo que me impele a decantarme por lo segundo.  Todas y cada una de las anécdotas son improbables, cuando no entran de lleno en el campo de lo increíble, cada uno de los lugares, aun los pocos que no se ubican en poblaciones marginales, de las que pocos han oído hablar, resultan disparatados, aún para estos tiempos. Ejemplo: ¿Nos podemos tomar en serio esa conversación con Samuel Dalany, al atardecer, en un parque, presidida por la inquietante y no explicada aparición de una segunda luna en el cielo? Y no sólo se trata de eso. Hay algo en cada línea del texto, incluso cuando este es más plano y cotidiano, cuando se recrea por ejemplo en las volutas que emergen de una taza de café y, posteriormente, en los pormenores del sabor y textura del primer sorbo, que nos hace preguntarnos hasta qué punto la palabra escrita,  incluso en el intento más minucioso y objetivo de retratar la realidad, no transforma esta en especulación, en abstracción. Más creación que recreación. Aunque claro, a decir de algunos científicos, lo que llamamos realidad es ya de por sí una especulación, la mejor apuesta que hace nuestro cerebro. El problema de la palabra escrita, sin embargo, es siempre el mismo: Siempre dice menos y más de lo que quiere decir. Nunca es recta, apunta en innumerables direcciones y, sobre todo, hacia sí misma. En rigor, para la representación, no existe lo que llamamos palabra justa: la palabra justa se da solo en relación al texto, a otras palabras. Dicho de otro modo todo aquello que podemos percibir a través del texto no tiene nada que ver con la realidad sino con el discurso, poco importa lo vívida que se nos haga la figuración, al leer, de este edificio o del rostro de aquella persona. Todo, en definitivas cuentas, es invención. Y si bien se puede decir que esto ocurre siempre,  que ha ocurrido desde la Ilíada hasta la última novedad en los estantes de las librerías, Orfeus es un libro que, sin ser esa su intención, lo deja de algún modo patente.

A veces, sin embargo, en algún apunte corto, entre esta entrevista y aquella consideración sobre el creciente realismo de los videojuegos, Nolan Swift abandona toda pretensión de ensayista y cae de lleno en la ficción. Son guiños breves, pero que no pasan desapercibidos. Por ejemplo:

“Hoy he visto al poeta laureado. Se puso a beber de mi jarra sin pedir permiso. Cuando quise darme cuenta, la mitad del contenido se había perdido en su gaznate. El camarero me pidió que no se lo tuviese en  cuenta. Ya sabes, dijo, desde lo del tiro no anda muy bien. Hacía tres años, lo saben todos, el poeta laureado contó un chiste. Después roció sus sesos por la barra, entre las botellas, sobre el vestido nuevo de una clienta. Un disparo en el paladar. Llevaba la recortada escondida en el abrigo. Nadie recuerda sus poemas, aunque los premiaron muchas veces y andan por un montón de antologías imprescindibles. Y, eso dicen, eran muy buenos. Sin embargo, todo el mundo recuerda el chiste que contó antes de meterse la escopeta en la boca. Le dije al camarero que de acuerdo, que no se lo tendría en cuenta.”

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Dios,

No importa qué dios,

El padre ceñudo de ojo con hipotenusa

O el que se rasca la espalda con un cetro de relámpago,

O el que tiene tantos brazos

Que le estorban para rascarse

Dios,

No importa que dios

Tiene la sonrisa en forma de espada

Y su misericordia huele a cordita.

– Y como buscan los corderos esa sonrisa

Mientras arrancan los ojos de la oveja negra-

Dios,

No importa que dios,

Tiene la manía de hacer promesas

Y cada minuto que esperamos lo prometido,

El paraíso se escapa un par de zancadas.

EL VÉRTIGO

Déjenme hablarles de cómo conocí los versos de Roberto Ruiz Antúnez y me enamoré. Fue hace unos años, cuando un grupo de escritores más que menos desconocidos nos reunimos para hablar. Luego, por la tarde, vino la hora de los poetas. Un recital dónde se escucharon buenas voces, hasta grandes voces. Desconocidas o casi desconocidas. Todas me gustaron, algunas algo más. Pero cuando escuché a Roberto recitar fragmentos de su “Habitación trashumante”, supe lo que quería decir Confucio cuando, después de su encuentro con Lao Tse, comentó sucintamente: hoy he visto al Dragón.

El Dragón, más que el propio Roberto, eran las palabras. O lo que las palabras a duras penas pueden sujetar: Los golpes, las imágenes, ese tacto o pulsión en las venas que no es un eco del corazón. El olor, no exactamente a quemado, algo casi animal, el sabor de ciertos matices de la luz oblicua. No del todo humano, pero irremediablemente humano en su jaula de palabras. El mal y el bien, y las zonas donde bien y mal no son nada, la belleza de las grietas expresada en unas sílabas. El Dragón, que es también la serpiente de nueve kilómetros, vieja, de piel fría, que Jim Morrison nos invita a cabalgar en su poema-canción “The end”. Porque, creo yo, la pretensión última de todos los juntapalabras, es mantenernos todo lo que podamos, con más o menos gracia, en el lomo escamoso de la serpiente. Sin otro recurso que una lazada de palabras. La mayoría nos caemos tarde o temprano, intentamos volver a subir, y cuando lo conseguimos, nos tambaleamos con torpeza, en posturas de resistencia ridícula, aguantando un equilibrio imposible, y volvemos a caer. Imaginen mi sorpresa, mi admiración, al ver como, verso tras verso, Roberto Ruiz Antúnez, logra mantenerse grácilmente erecto, sujeto a su lazo de palabras, mientras la serpiente se arrastra y ondula a una velocidad endiablada. Un autentico Jinete de la serpiente: alguien que ha visto a Pan y nos lo muestra, o al menos tanto como se puede mostrar. Nos sube al lomo de la serpiente, que es el único modo seguro de ir en ella, por invitación del jinete. Porque a fin de cuentas, a Pan, al dragón, sólo podemos percibirlos como palabras. Quizás no sean más que palabras.

Aunque Burroughs decía que las palabras son una plaga.

“Ovnis en la noche americana”, es el nuevo trabajo de Roberto Ruiz Antúnez, y el primero de la recién nacida editorial vallisoletana, La Penúltima. Una editorial dedicada a la poesía. Unos valientes. Unos jabatos, que diría Roberto. “Ovnis en la noche americana”, es todo lo que he intentado decir antes y algunas cosas más que me he dejado en el tintero. Roberto, en prólogo, lo llama la búsqueda. La búsqueda ha estado siempre ahí. Puede ser descrita de muchas formas. En este poemario lo hace a través de una especulación poética sobre el encuentro que Kurt Cobain, que revolucionó el rock, y William Burroughs, novelista, patriarca de la psicodelia, de los ovnis y de los dioses psicóticos, mantuvieron. Nada se nos presenta como seguro, salvo el olor de la pólvora y del sexo, la luz de Caravaggio, el bajo del rock, la sangre, la libertad, que algunos llaman locura, ese intento de romper los límites; que la selva que es la raíz de la ciudad, y que no siempre es fácil distinguir una de otra.  Dioses nuevos y dioses viejos.  O que: La belleza es el vértigo de lo indecible.