IV

Jueves se ha ido acercando con cautela, con una leve sonrisa de disculpa, al borde de la primera fila, para quedarse ahí, los ojos distraídos. Qué querrá, vuelvo a preguntarme. En nuestras últimas conversaciones telefónicas, siempre llega un momento en el que dice: tengo que preguntarte algo, o me gustaría comentarte una cosa. Luego, su tono se vuelve vacilante, dice que no por teléfono. Pasamos a otra cosa.
Viene sólo. Rebeca, quien ya advirtió que quizás no pudiera acudir, no está con él. Y esto es un alivio.
En otra vida, como suele decirse, Rebeca y yo nos habíamos separado seguros de haber sido- el uno por el otro, pero seguro, cada uno, de la culpa exclusiva del otro- engañados en nuestras expectativas. Sólo volví a pensar en Rebeca a raíz, ironía de manual, de aquella carta de Jerome. Me explicaba que se había casado con ella -o algo parecido, no estoy muy seguro, afirmaba enigmático-. Fue una de las últimas cartas de Jerome. Aunque eso sólo lo supe varias semanas después, cuando la misma Rebeca, rompiendo un silencio de años, me escribió para decirme que Jerome estaba muerto.
Era una carta larga. En vez de encabezado, en vez de Querido Oscar, o, simplemente, Oscar, una sentencia: Jerome está muerto. El resto de la carta no lo entendí. Lo leí, pero las palabras no me alcanzaban. O no del todo. Incapaz de asir los significados, mi cerebro se limitaba a esbozar impresiones, representaciones vagas: Un verdor sin límites, sin concreción, árboles altos como torres, quizás una catedral verde, caos verde; aunque no entendí la palabra fiebre, por un instante me sentí febril, la piel ardiendo; la mención de un sol de mediodía me obligó a entrecerrar los ojos… Sentí en el corazón el dolor de una última carrera sin fuerzas, y lo sentí pararse, y el golpe, y el ruido. Una y otra vez. Porque una y otra vez releí la carta. Y ninguna vez fui capaz de entender nada más allá de Jerome está muerto. Las palabras, camilla, mosquitos, tropas, bala, no me decían nada. No hasta el día siguiente.
No me puse a contestar la carta hasta pasados unos días. Como no estaba seguro de qué decir – no sabía ya como hablarle a Rebeca, porque hacía años que daba por sentado que cualquier comunicación entre nosotros se incluía en el conjunto de las cosas que no ocurren – tardé otros tantos en terminarla. Mi carta era mucho más breve que la suya. Y era torpe. Trataba de moderar mi propio dolor, que había tomado unas dimensiones que no esperaba. Intentaba consolarla, suponiendo que su pena sería aún mayor que la mía. A vuelta de correo me contaba el funeral, me preguntaba cómo estaba. Junto a la carta venía una polaroid antigua, nublada en un violeta carnoso, donde aparecíamos los tres juntos. Otra respuesta torpe, en la que, entre una sarta de tópicos y formulismos, conseguí preguntar: ¿Quién tomó la foto? Ella me contestó, al cabo de un par de semanas, que tampoco lo recordaba. Hubo tres, quizás seis, cartas más. Después, porque nos habíamos dado cuenta de que no podíamos seguir hablando de Jerome toda la vida, de que, fuera de ese tema, no sabíamos qué decirnos, dejamos de escribir. Como cada vez que el contacto con ella se perdía, Rebeca, de nuevo, pareció esfumarse de mi memoria.
Un buen día –todos los días eran buenos en Alterna – Jueves me envió un email, contándome que había conocido a Rebeca. Al parecer, una tarde había cruzado el umbral del Zeppelin out of Hell, se había acercado a la barra y preguntado por mí. Cuando supo que había vendido mi parte a Jueves, para quedarme a vivir en una isla que casi nadie conocía, se acomodó en un taburete y pasó varias horas hablando con Jueves. Más adelante, mi amigo me confesaba que se estaban viendo. Al cabo de mes y medio hacían planes de boda. Aunque me hubiera gustado asistir a la boda de Jueves todo mi ser se resistía a abandonar Tslal. Mandé un buen regalo, disculpas. Sugerí que podían venir a visitarme en su luna de miel. No lo hicieron.
A mi regreso, fueron ellos los que vinieron a buscarme al aeropuerto. Los que me ayudaron a sortear a los periodistas – no eran muchos, pero yo ya había dicho todo cuanto podía decir; aunque no estaba especialmente cansado, la mitad del vuelo dormido. La otra mitad pensando, sobresaltado, porque dos o tres asientos más allá, por un instante, me había parecido ver un cuarto del perfil de Satoko, el lustre de su pelo rastrillado por sus dedos blancos, el anillo incluso, con forma de copo de nieve. Y me levanté y fui por el pasillo hasta allá, y miré de reojo, y seguí de largo, fingiendo que voy al servicio. A la vuelta, de frente, distraje la mirada sobre ella, un momento, para cerciorarme. No, no se parecía en nada a Satoko. El pelo mucho más claro, además era una niña. Me senté, desasosegado, incómodo, sin saber qué hacer con las piernas o las manos. Las manos estaban húmedas. No importaba que no quisiera, que hubiera escapado de Tslal para escapar de estas melancolías: Mi memoria repetía perfiles, escorzos, detalles, palabras y momentos. Volvía, por ejemplo, a la fiesta:
Volvía a esa estancia pequeña, pero sorprendentemente grande para ocupar el espacio bajo la caja de la escalera – si bien es una gran escalera – que conduce al subsuelo, a uno de los salones de baile del hotel. Un lugar extraño, de función confusa, con su lavabo de cerámica bajo un pesado espejo de matices tostados, su araña en el techo -está cubierto por un enorme fresco desde donde, alegremente desnudos, inmensamente carnales en sus colores rafaelitas, todo los dioses del Olimpo nos miran entre nubes -, una mesa Luis XV, blanca, y varias sillas, y un gran diván a juego. La memoria, sin embargo, se niega a decirme como fuimos a parar allí. Pero recrea perfectamente el beso con el que Satoko -la pequeña multitud de ninfas que yo agrupaba bajo el nombre de Satoko, aunque esa noche quería ser llamada Hortence – se convirtió para mí, de algún modo, en una personificación de la isla.
– ¿Por qué? – pregunté, porque un asombro estupefacto insistía en aferrarse, frío, al vacío, algo por encima de la nuca.
– Porque me gustas- la mano, ligera sobre mi mejilla, me estremeció. Luego, los dedos en el pelo.
– ¿Y Julie? – pregunto. Su boca estaba otra vez muy cerca de la mía, sentí el aire que movía sus palabras.
– A Julie también le gustas. Viniste con ella, ¿no?
– Sí, pero ella dejó muy claro…
– De todos modos tendrá que acostumbrarse.
Ahora sé que Julie nunca llegó a acostumbrarse.

Ellos, Rebeca y Jueves, me acogieron en su casa la primera noche, insistiendo, a pesar de que yo tuviera ya reservado el hotel. Aún después de recuperar mi antigua casa seguí viéndoles a menudo. Jueves me ofreció devolverme mi parte del bar. Decliné pero pasaba a menudo por allí. Hasta hace dos semanas, cuando miré a Rebeca, y recordé, sin venir a cuento, de repente, con una nitidez de diamante, su boca dejando caer estas palabras: mi pobrecito Dios.
Desde entonces, prefiero no ver a Rebeca. Seguramente Jueves se esté preguntando por qué apenas paso por el bar. Quizás es de eso de lo que quiere hablarme: Por qué ya no salimos a cenar los tres. Supongo que, en parte, ha venido por eso. O tal vez sospecha. O Sabe.

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