III

Y aquí estoy, de promoción, repitiendo cada pocos días lo mismo. Recordando unos hechos que de ninguna manera quiero recordar.
La mujer de las bolsas ha comenzado el gesto de inclinarse, como para buscar algo en sus plásticos. Lo ha pensado mejor y, sin que le tiemble la papada, vuelve a mirarme fijamente; con un algo de astucia esta vez. El hombre flaco sigue tenso, aferrado al libro: la boca se le ha abierto ligeramente. Una mujer con blusa estampada – colores y motivos vegetales, que en su viveza parecen esconder un principio de putridez – se lleva la mano al colgante del pecho. Un tintineo leve de pulseras doradas acompaña al gesto. La chica proyecta, pensativa o desafiante, el labio inferior. Un par de cabezas giran brevemente, como al acecho de una mosca.
Mientras los observo me pregunto si debería cambiar de tema, desorientarles. Hablarles, por ejemplo, de la primera vez que vi Tslal. De aquella primera jornada en que guiado por Julie y Hurley, iba a recorrer Alterna, la capital, y la única ciudad. Pequeña, quizás, pero al mismo tiempo titánica.
A pesar del fuerte sol yo era incapaz de cerrar los ojos. Y, caída la noche, instalado en aquel hotel absurdo y palaciego, (que era hotel y embajada eventual, donde no había más clientes – aunque la palabra cliente no tenga demasiado sentido-, que yo, Jueves y un diplomático, no me acuerdo ya de dónde), la silueta de las torres resplandecía en colores primarios, remisos a apagarse, bajo mis párpados. Me costaba dormir. Estaba ya irremediablemente enamorado de aquella ciudad. Deseaba quedarme allí. Suplicaría, me dije, si hacía falta. No la hizo. Al día que siguió a la partida de Jueves, una semana más tarde, Hurley y el alcalde Remaches me llevaron a la casita amarilla, de madera, con sus tejados de gran vertiente – mi casa -. Es tuya mientras vivas aquí, me dijeron. Más tarde, mientras me instalaba, vino Julie, con Satoko, de quien había oído hablar durante todo el viaje – desde la primera vez que me desperté en la cama de Julie en San Francisco, en realidad-. Querían saber si no iba a causarme ninguna molestia que se bañaran en la laguna diminuta que se internaba en el patio jardín de la casa. Nada más llegar y le dan la casa amarilla, se enfurruñó Satoko. Cuando un rato después salí, por si les apetecía algo, las vi, por primera vez, besarse. Luego dimos otro paseo. Como la noche anterior, y la anterior a esta, y todas las que la habían precedido, me costó conciliar el sueño – Julie se había quedado un rato, luego se había ido – fascinado por lo que había visto. Este asombro, este estremecimiento, la certeza de haber sido enredado en lo más hondo del corazón por las calles de Alterna, no desaparecieron en todo el tiempo en que viví allí.
La ciudad tiene forma de media luna, de filo de hacha minoica. Las edificaciones más antiguas descienden, abriéndose en abanico, por la ladera del volcán chato bautizado con el nombre, frágil y poderoso, de Corazón. Son torres de quince pisos, rematadas en cúpulas, muy separadas entre sí por amplias avenidas arboladas y jardines. Son diecisiete. Tienen un aire indeterminado, entre futurista y decó, que recuerda a veces al edificio Chrysler, y a veces a una boca de metro de la belle epoque. Un boceto de Metrópolis quizás. En realidad no se parecen a ninguno de las dos…
En realidad lo que yo sentía al pasear por Alterna, lo que me parecía día sí y día también, es que había ido a parar a una ciudad de Mongo. A una ciudad balneario de Mongo. O que de alguna forma una barriada extraterrestre o futura- pero de un futuro soñado en el primer cuarto del siglo XX – se las había arreglado para escindirse y plantarse, o más bien insinuarse, por encima de una ciudad marítima de recreo.
Si alguna vez me hubiera planteado escribir algo – si no me hubiera visto forzado, por las circunstancias, por un apremio no muy diferente a las ganas de vomitar -, ese algo hubiera sido la historia de Tslal.
Fue el Capitán Hurley quien me contó toda la historia de Tslal, a ratos, a fragmentos, en conversaciones espaciadas en el club. Me miraba a los ojos, todo el tiempo. No creo que para dar énfasis a la historia, sino, más bien, tratando de adivinar qué narices había apostado yo esa noche.
Cada tarde, los parroquianos apostábamos tratando de atinar con la hora en que la mujer de Hurley llamaría.
– Siempre está amenazando con el divorcio – se quejaba el Capitán. Como todos, en una ocasión u otra, había comido en la casa del Capitán. A ninguno se nos había escapado la advertencia de la señora, cuando, poco antes de las cinco, Hurley decidía que ya era hora de pasarse por el club:
– Recuerda que en esta casa se cena a horas decentes.
Seguramente estas palabras se dirigían más a la visita que al propio Capitán. Pero, una vez que entraba, era difícil sacar a Hurley del Van der Ville. Imposible antes de que alcanzara lo que él llamaba su nivel óptimo de maceración; y como era un bebedor lento y consumado, eso se alargaba hasta mucho después de la hora de la cena. Cada vez que llamaba, la esposa de Hurley se quejaba a Van der Ville del poco ojo que había tenido a la hora de escoger marido. Pero cuando el capitán regresaba a casa – acompañado, en ocasiones, por uno de los parroquianos, o por el propio Van Der Ville, – ella abría la puerta en un silencio sonriente y resignado, lo tomaba del hombro, le daba un beso en la mejilla, y lo conducía al interior de la casa.
Los domingos el capitán se volvía el más abstemio de los hombres, y el más amante de los maridos. En las barbacoas que tenía por costumbre organizar, solía repetir que se había casado con la mujer más guapa que jamás había nacido en la isla, y para colmo, la más lista. Que ni ahora, en su vejez, podría encontrar una rival digna, y que retaría a una buena pelea a puñetazos a todo aquel que tuviera la desfachatez de contradecirle, porque no se podía tolerar semejante mentira. Una afirmación de lo más extraña en la boca de Hurley, quien era conocido como un notable mentiroso.
Y si creo lo que me contó, su versión de la historia de Tslal, es porque Hurley es, probablemente, el hombre que mejor conoce la historia de Tslal. La mayoría de sus historias coinciden con lo que pude encontrar en los archivos. Y otros ciudadanos, en versiones menos adornadas, cuentan – contaron -lo mismo:
En 1896, un ballenero de Nantuket había fondeado en cierta isla no cartografiada. Cómo el médico del barco, el doctor Deveraux, la había bautizado Tsalal, en honor a la isla que aparece en la novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Años más tarde, un error de transcripción nunca subsanado, la transformaría en Tslal para siempre.
Seguramente todo hubiera quedado en una anécdota marinera si, años más tarde, Deveraux no hubiera trabado una estrecha amistad con King Gillete, un hombre que se estaba enriqueciendo gracias a una idea simple, pero revolucionaria, que cambiaría para siempre el arte de pelar barbas. Por la época en que conoció a Deveraux, estaba empeñado en edificar una ciudad perfecta, autosuficiente, su metrópolis particular: un entramado de domos, cada contrafuerte una torre adosada, cuyas cúpulas centellearían al sol, entre parques y avenidas, donde los ciudadanos, casi libres del trabajo asalariado, pasearían entre frondas cuidadas y obras de arte. Gillete quiso erigir su ciudad junto a las cataratas del Niágara. Esa ciudad nunca se construyó. Pero sí otra, en el Pacífico.
Alterna terminó de construirse en 1910. Para entonces ya era plenamente funcional. Sus primeros habitantes fueron los cerca de tres mil obreros y técnicos que quisieron quedarse. En el proyecto habían trabajado también algunos científicos que la comunidad académica consideraba extravagantes, cuando no meros charlatanes, Tillinghast entre ellos. Casi todos pasaron a engrosar el censo de Alterna. La ciudad, un enorme jardín botánico del cual surgían – en un aparente azar, una simetría invisible – diecisiete torres de planta hexagonal, titánicas en el más puro sentido de la palabra, se había concebido para albergar quince mil almas.
Durante los tres años que siguieron, una pequeña hueste de embajadores secretos se esparció por las cuatro esquinas del mundo. Susurraban su mensaje en tabernas proletarias, a las puertas de iglesias de superficies careadas, en barrios menesterosos, en los pasillos de universidades donde estudiantes descontentos taconeaban apresurados intercambiando consignas. Lo susurraron en manifestaciones y mítines, en los hospitales ruinosos donde iban a parar los heridos por las cargas policiales, en sedes clandestinas de partidos, en los sindicatos. Visitaron academias de arte, y academias militares, congresos científicos, los llamados barrios bohemios, donde entre pinturas y piedra, metales y tinta, se empezaba a fraguar una nueva visión del mundo. Hablaron en tertulias literarias y fueron recibidos por pensadores, algunos eminentes, otros estrafalarios. Muchos simpatizaron con el mensaje, pero declinaron la invitación – aunque más tarde, en algún momento u otro, visitarían Tslal – . A otros no les interesaba, o les parecía que los mensajeros deliraban. De cualquier manera, al cabo de tres años, ciudadanos de todo el mundo habían atendido al mensaje, tomado sus pertenencias, pocas – que era lo más común – o muchas y embarcado rumbo al Pacífico sur. El mensaje era: hay una tierra nueva, una ciudad de verdor y acero donde cada ciudadano es igual al otro, donde nadie tiene más que otro, donde no hay asalariados ni explotadores, donde las máquinas cuidan de todos los hombres y no del dinero. Porque en Tslal no hay dinero, y está concebida de modo que nadie tiene que desgastar casi todo el tiempo de su vida en tareas para otro. Y lo curioso es que, como pudieron comprobar aún aquellos que acudieron desconfiados, oliéndose un engaño, pero tan desesperados como para tentar a la suerte, todo era cierto.