II

Onanismo psicoestético. Aquella expresión había nacido del cartel de un salón de belleza con el que nos cruzamos durante un paseo:
-Tratamiento psicoestético, qué querrán decir con eso- comenté.
Durante algunos minutos estuvimos especulando sobre la palabreja, sin llegar a conclusiones.
De vuelta a la habitación pequeña y estrecha donde nos alojábamos, Rebeca ordenó que me tumbara. Acercó a los pies de la cama un butacón rojo y añoso que solía permanecer junto a la ventana. Se sacó los vaqueros:
-Estate quieto y tumbado.
Arrojó, después de pensarlo un momento, las bragas sobre mi cara.
– Tú solamente mira.
Se sentó, con los muslos abiertos, los pies apoyados en el borde de la cama, la espalda desmayada en el respaldo, el rostro girado, un poco sólo, hacia el techo. La estufa de butano aún no llegaba a caldear el cuarto y tenía carne de gallina. Me miró, sonrió, y luego miró su entrepierna. La lámpara no daba mucha luz, pero su mano blanca, sus dedos, parecían sostenidos en una luminiscencia metálica y vaga cuando comenzó a masturbarse. Los dientes que asomaban entre los jadeos tenían también su propia luz. Onanismo psicoestético, dije después de que se corriera, apenas tragándose un grito. Después, libando primero con la punta de la lengua, después chupando y mordiendo con los labios, me alimenté con su coño.
Recientemente, esta imagen y otras del mismo tenor, pero esta sobre todo, vienen a asaltar, como lobos famélicos, las casas de mi memoria.
En la estación: quedaban pocos minutos para que mi tren llegara. El suyo aún se demoraría una hora. Ella me dijo:
– Onanismo psicoestético: a partir de hoy, Oscar, cada noche, hasta que nos veamos de nuevo, nos masturbaremos, siempre a las once y cuarto, pensando el uno en el otro.
La idea germinó durante el viaje:
En algún momento – la película , no recuerdo cual, en la que actuaban Spencer Tracy y Katherine Hepburn (jóvenes aún, o no muy viejos todavía ), no había llegado a su mitad – , una mujer delgadísima, chaqueta de punto verde que apenas alcanzaba a cubrir la timidez un poco desesperada de sus gestos, se sentó en la butaca junto a la mía, murmurando: Nas ches. No sé ya si respondí educadamente, o sí fue entonces cuando volví la cara a la ventana:
Ya no nevaba, o caían apenas cuatro copos, perezosos y casi invisibles. La capa de nieve que arropaba los campos reposaba. Relumbraba escasamente, con un color parecido al champán, al reflejar la luz que dejaban caer las ventanas de los vagones. Casi igual que un gigantesco y alargado sorbete de champán que una cacería de gigantes borrachos y elegantes hubiera dejado caer sobre los taludes junto a las vías. Había formas del color de la orina: insinuaciones de casas y de palacios, de pequeñas ciudades que aún no se habían decantado por ninguna forma. No creo que ni en ese momento hubiera sido capaz de decir por qué me hicieron pensar en los teatros de la memoria. Ahora no lo soy.
Pero fue exactamente en eso en lo que me hicieron pensar, aquellos amontonamientos furtivos de nieve. Aunque, no: lo primero que me recordaron fueron las manchas de luz de la bombilla bailando en el interior de los muslos blancos, azulados por una insinuación de venas, de Rebeca. Después, en un salto súbito, pensé en los palacios.
Creo que nunca he sabido si este viejo sistema nemotécnico de los palacios o teatros de la memoria me provoca más fascinación que enojo. Si el concepto me atrae en más medida que en la que lo rechazo.
Usar la memoria como almacén de datos fríos que nunca significarán otra cosa que lo que son por si solos, siempre me ha parecido una empresa onerosa, un poco inútil, y hasta de mal gusto. Siempre he sentido un rechazo visceral por el “aprender” de memoria. Mi cerebro y mi sangre se resisten a ello. Soy, por algún defecto de carácter, enemigo de listas y agendas. Y un palacio de la memoria es precisamente un largo listado, un almacén, un índice, disfrazado de arquitectura imaginaria:
Uno levanta en su imaginación una casa, un palacio, una lonja, una ciudad, una estación espacial; imagina la fachada, las ventanas, los canalones, los cables negros de corriente, las tuberías de cobre del gas, el portal. Y a cada detalle, a cada repecho o cristalera, a cada varilla de la antena de televisión se le asocia, al imaginarla, un recuerdo, un dato, una fórmula. Así se puede hacer con cada uno de los ladrillos. Luego, una vez dentro, hacemos lo mismo con los escalones, con el pasamanos, con la placa del buzón, la placa de la puerta. Todos y cada uno de los muebles, la mesa de la cocina, la radio, cada mesa, los sofás, las camas, llevan en su armazón un dato, algo que queremos conservar. También los cuadros, y los adornos. De este modo, sólo tenemos que echar un vistazo a la fachada, o pasearnos por nuestra casa, para encontrar el recuerdo que estábamos buscando: la razón áurea escondida sobre el mueblecito del recibidor: en ese souvenir que te regaló tu madre y que, siendo imaginario, no es menos ridículo que el real.
Imaginario. En algún momento, los ojos en la nieve que vamos dejando atrás, me di cuenta de que se podía, quizás se podía. ¿Por qué limitarme a cascármela centrado en ella, revolviendo en los recuerdos, inventando con los ojos cerrados aquella pose, ese gesto? ¿Por qué no proyectar la película entera? ¿Por qué no levantar un escenario?
Me puse a ello, un poco antes de las once. Me pareció fácil. Los autores clásicos insisten en que, para empezar, lo mejor es escoger un edificio que veamos todos los días, del que conozcamos los detalles al dedillo. Dado mi propósito, está exigencia me pareció superflua. Además, para mí es más familiar cualquier lugar que haya leído en una novela que aquellos por los que camino todos los días. Mi imaginación siempre ha sido eso: imaginación: una plétora de imágenes dormidas, aún sin formas, dispuestas a esculpirse con la mayor de las vivezas al más pequeño estímulo. Las palabras se deslizan en mí como lagartos, como violentos remolinos que van erigiendo paisajes, gentes, abismos; y es casi como si pudiera respirar esos aires, deslizarme por esas pendientes, oler el sudor seco de ese embrutecido guerrero.
Escogí como teatro la Rue d´Auseil porque, durante el viaje, había releído “La música de Erich Zann”. (La película había llegado a un final feliz; saqué de mi mochila un ejemplar de bolsillo, en estado de ruina, de “El que susurra en la oscuridad”, y, pese a la fuerte respiración de mi vecina, que se había dormido y babeaba con la boca abierta, traté de leer el resto del trayecto).
El narrador del cuento dice de la Rue d´Auseil que no se puede encontrar en planos viejos ni nuevos, que nunca ha llegado a conocer, después de abandonarla, a nadie que haya morado en esa calle. Esa condición de inencontrable, me pareció, hacía de él el escenario idóneo para lo que se iba a convertir en el más privado domo del placer. Que detrás de aquel muro en la cima, donde concluía bruscamente – allá donde se extendía la nada-, acecharan todos los horrores del vacío, se me antojaba un contrapunto sabroso para mis intenciones.

Todo era tan siniestro, y tan conmovedoramente miserable, como se me había presentado en las distintas lecturas del cuento:
El cielo, una hendija amarilla y gris entre los tejados: Un smog tan denso que, de cuando en cuando, dejaba caer unas volutas pesadas de un color incalificable, que flotaban un rato a la altura del sombrero antes de deshacerse. Procedía, naturalmente, del ejército de usinas apiñadas tras el puente, cuyas chimeneas permanecían activas noche y día, aureoladas de una escoria roja, semejante al vientre reventado de una luciérnaga. El ladrillo no podía adivinarse bajo el estrato denso de hollín, alquitranes semisólidos, aceites y otras cosas que se fugaban goteando por las fisuras de las tuberías.
No había aún tranvía:
Comencé a caminar por el sendero malamente adoquinado, tan estrecho que a veces no hacía falta extender los brazos por completo para tocar las paredes de ambos lados de la calle. Paredes inclinadas peligrosamente, que sufrían de alguna lepra que, en algunos sitios, había devorado el ladrillo hasta un entramado de madera muy vieja, residencia de varias tribus de carcoma. Atacado por malas hierbas, el sendero trepaba penosamente, transformándose, cuando era necesario, en tramos de escalinata. El aire embrumecido, la miasma palpable, hablaban de un estado de entropía fronteriza en que todo pierde la fe en las fuerzas de la cohesión: Un adoquín que al aflojarse pone en peligro el equilibrio; desprendidas de las paredes, invisibles nubes de yeso y ladrillo pulverizados se posan en las hombreras de los abrigos como una caspa rara, no del todo anaranjada ni del todo amarilla.
Yo subía con la vista fija en el muro, allá donde acababa la calle: Una masa tapada de hiedra negra, ligeramente aterradora, que sobrepasaba en altura a todos los tejados. Menos el de la casa, en el margen izquierdo del sendero, que lindaba con él. A esa casa y al desván que abrigaba su tejado, me dirigía yo.
Cuando abrí la puerta de ese desván, dejé de ceñirme al cuento. En lugar de la mísera habitación de Erich Zann, – con su silla, su cama, y su mesa agobiada de partituras; una bacinilla junto al violín diabólico -, reproduje el cuarto, apenas menos mísero, donde Rebeca y yo nos habíamos estado alojando toda la semana. La bombilla sin pantalla que colgaba del techo; y la otra lámpara de pie, sin bombilla, que abrumaba la mesilla diminuta; y el butacón estrecho, junto a la ventana. La ventana detrás de la cual, como la noche anterior, y la otra, nevaba.
Tenía el escenario. Ahora todo era cuestión de llamar a mi invitada.
Me tumbé en la cama estrecha, acompañando con un suspiro la queja melosa de los muelles; notando, de nuevo, la ligera presión punzante del somier demasiado usado; el tacto asperísimo de las hojas granates bordadas – ¿parra? – en la colcha, amarilla o beige. El sillón desapareció de su esquina, junto a la ventana, para plantarse, monolítico, a los pies de la cama. Daba la impresión de que siempre había estado allí. Cerré los ojos- pero, claro, ya estaban cerrados -. Sentí acumularse, vaho en un cristal, gotitas de sudor en la punta de mis dedos. -¿En qué dedos? Cuando todo acabó, cuando abrí los ojos en mi salón oscuro, meneando la cabeza con desánimo, mi mano estaba seca como la muela de un esqueleto-. Abrí los ojos, otra vez, dejándolos reposar en el respaldo rojo del sillón. Arrojé el aire de mis pulmones en el aire imaginario. Allí estaba ella, sus ojos verdes retando a los míos. Con los pies en el pie de la cama. Las piernas pálidas abiertas, recorridas por temblores de luz insana – amarilla – y frío. Pero los pechos, que podían hacerme llorar de asombro y apremio, se mantenían firmes. Bajo la carne tan tierna, ni rosa ni púrpura, de su coño, una mancha crecía y oscurecía el asiento. Olía la humedad. Se relamió la boca, rosa, gruesa, con un rápido asomar de la lengua, aún más rosa. Posó un puño blando en el sotobosque de Venus y dejó que los dedos se abrieran, despacito: una camada de serpientes. Entonces habló. Gruñó, más bien: Uno de esos ruidos correosos que vivían en su garganta y que sólo dejaba salir en estas ocasiones, siempre acompañados, o mezclados, con un trino casi silencioso y satisfecho.
Entonces la habitación desapareció. La nieve de la ventana desapareció.
La cuesta miserable de la Rue d´Auseil se había desmoronado en el vacío tras mis párpados.
Un vacío que ahora centelleaba en desorden con la piel pálida de Rebeca, con sus ruidos excitados: Movimientos de sus tetas y de sus manos, la carne cada vez más mojada, manchada de motas blanquecinas, de los labios menores y el clítoris, su boca vocalizando las obscenidades que rara vez se atrevía a decir en voz alta… Y, por supuesto, su frase, el mantra con el que, invariablemente, se acercaba al orgasmo: mi pobrecito Dios.
Traté de rescatar el escenario. Fue inútil. Estaba poseído por mi memoria. Y mi memoria poseída por aquella imagen, o sarta de imágenes de Rebeca.
Había querido sentirla – su peso, el calor, la suavidad dolorosa de la punta de sus dientes – igual que había logrado sentir el aire putrefacto de la Rué d´Auseil, la irregularidad del suelo a través de las suelas.
Ahora, sin embargo, sólo podía mirar y mirar, cada vez más enfebrecido – al borde del delirio cuando ella me acerca los dedos completamente impregnados con su jugo -, y, tal y como había prometido, masturbarme. Me masturbé con calma furiosa, dejando que las imágenes fueran y vinieran, a su antojo. Un gorgojeo de su voz, y la visión de una caricia de mis dedos, guiados por su mano, entre el ano y la raja, acompañaron un orgasmo seco, pero de potencia inusitada. No derramé ni una triste gota, pero mi polla estuvo temblando durante dos minutos enteros.
Ella llamó al rato:
-Onanismo psicoestético- me dijo. Jadeaba.
– Onanismo psicoestético – dije yo, resoplando. Ligeramente decepcionado. Decidí no hablarle de la Rue d´Auseil.
Pero a Satoko sí que se lo conté. No recuerdo en qué circunstancias. Por qué, me sugirió, no construyes tu calle en la Segunda Ciudad. Lo pasamos bien allí. Lo pasé bien allí.
Y pocos años más tarde, prisionero, sentado en el suelo de la celda, sujetando las rodillas con las manos, cerré los ojos. De pronto, sin haberlo querido, allí estaba yo, sobre el puente de piedra: El pretil tenía la suavidad de un cráneo bien hervido – pero allá donde lo manchaban líquenes verdosos, sorprendía a las yemas de los dedos con una aspereza húmeda y fría -.
Temí, en ese primer momento, que librado los únicos medios de mi cerebro, como aquella primera vez lejana, sin los recursos de la Segunda Ciudad, todo volviera a caer y desmoronarse. No fue así. Guiado por un impulso que no me era del todo propio, escalé la cuesta, fortalecido por los aromas que me susurraban desde los repechos. Subí y bajé, varias veces, hasta que por fin me decidí por una puerta de arco bajo, a medio camino de la cima. Había tras ella, imaginé tras ella, un claustro o patio de palacio renacentista, con una fuente en medio: cuatro dragones que escupían agua. No era muy grande. A través de una de las muchas puertas que daban a él accedí a un dormitorio. En aquella ocasión, el rostro me vino de repente, vino una joven dulce, de ojos muy oscuros, con la que tiempo atrás Rebeca y yo habíamos jugado. No recordaba ya su nombre y la llamé Eunice. Pero la visitante más asidua iba a ser Julie. No tenía valor de llamar a mi recuerdo de Satoko. En Rebeca no llegué a pensar.