I

No es más lento que un rayo ni menos brillante: Toda esa lujuria de arcángel estallando de pronto, durante menos de un segundo, en la comisura intensamente roja de la sonrisa. No dedicada a mi, desde luego, ni a nadie. No a la buena señora que ha acarreado sus bolsas trabajosamente, nadie sabe por qué, hasta llegar a una silla, desplomarse, rodeada de su rebaño de cosas informes de plástico, para fijar, luego, una mirada que es pura ausencia en la mesa donde ordeno mis papeles; ni al señor – entrecano, flaco; aferra con ambas manos el libro, – a la izquierda del cual está sentada. No a Jueves, retaquito, de pie en la última fila, moviendo nervioso una pierna, porque ha llegado tarde, cuando ya llevo un rato hablando – de vez en cuando le lanzo reojos, no por disimulados menos expectantes, preguntándome qué es eso tan importante que lleva días queriéndome decir-. Ni siquiera a las vibrantes moléculas del aire, incandescentes de pronto -puedo imaginarlas -, que bailan ante su nariz. A algo más sutil, un demonio o fantasma, pensamiento o sueño. Eso que persiste en su pecho, en la oquedad de su coño – que ha de ser, aventuro, estrecho y rosado, y emana mareas de inocencia fingida – ardiendo aun, aun estremecido, seguramente por la imagen del amante: colócate así, no, de esta manera… O tal vez sea otra cosa.
Es esa sonrisa la que me distrae, la que deja sin hilo mi disertación, y me obliga a centrar la atención en ella: La boca, que es generosa, abultada, primero. Luego, los ojos azul hielo, la barbilla aguda, el rosado de las mejillas. La melena pajiza, lisa como un velo, corta. No parece muy alta, aunque así, sentada, no sea fácil decirlo. Las proporciones son bellas: aunque abundan las curvas, no llegan a ser clásicas: Una duda entre el barroco y la espiga.
Tal vez, me digo, mientras la imagino con el amante que seguramente imagina, debería intentar seducirla. Luego, cuando se acerque con el libro, a por su firma: Un coqueteo discreto: ¿Qué te ha parecido? -desplegar en la mirada un interés elocuente, vagamente sorprendido, sea cual sea su respuesta: ya una observación aguda, ya un balbuceo colegial- ¿En serio? Ahora dejar aflorar la sonrisa: sólo muy levemente depredadora. La sonrisa que Rebeca llamaba esa sonrisa. Otras también, siempre un fracaso cualquier intento de describirla. Y, como quien no quiere la cosa, sugerir que ahora, cuando esto acabe, voy a ir a tomar algo con un amigo, y que sería un honor que me acompañara, para poder discutir mejor sus opiniones.
En el momento en que la veo, en que soy consciente de que la estoy viendo, siento abrirse en mí, que me desplazo a la Rue d´Auseil.

Contemplada desde el puente de piedra que constituye el único acceso, la Rue d´Auseil se eleva- primero con timidez, luego con el arrojo de la pendiente de una montaña rusa- hasta alcanzar el muro de ladrillos refractarios, intensamente rojos, que la acota. De vez en cuando, el gradiente ha obligado a colocar algunos tramos de escalera. Las hiedras que describe el cuento han desaparecido de la muralla formidable, aunque todavía quedan algunas prendidas de las fachadas de las casas estrechas; en el desalineo selvático de su crecimiento un observador sutil advertirá ciertas pautas.
En sus primeros tiempos, la calle conservaba la roñosa decrepitud que sentí al leer el cuento. Pero hace ya tiempo cualquier asomo de decadencia es meramente ornamental. Si los tejados holandeses de las flacas casas de seis pisos se inclinan hasta tocarse, no es tanto por la fatiga de los materiales – ¿cómo podrían fatigarse, bajo qué gravedad, qué presiones? -como por un efecto buscado en la perspectiva. Ningún desconchón ha sido dejado al azar, y en cierto momento se me ocurrió que los repechos lucirían mejor con tiestos efervescentes de geranios y anémonas. Todos estos cambios fueron implementados a instancia de Satoko, en la Segunda Ciudad.
Inspiro la humedad, el verde del sotobosque espeso que se amontona en las orillas, el perfume picajoso de las junqueras, de los nenúfares que flotan en la superficie, transparente, del canal, y, sonriente, doy el primer paso.
Un carraspeo de alambre de mi editora, desde su boca de alambre.
Me doy cuenta, de repente, de lo poco atractiva que es mi editora, con sus codos como espolones, el cuello de gallina, una boca a la que ni los estratos densos de pintalabios pueden dar el menor asomo de calidez; la vivacidad de los ojos, decido – demasiado grandes y pálidos-, se debe sólo a la codicia.

De nuevo en la librería.
Por dónde estaba yo. Ah, sí. Acabada la introducción, la acostumbrada lectura. Ese párrafo del primer capítulo. Según Yolanda, ese es el nombre de la editora, gusta a la gente, alimenta la fibra sensible, el morbo.
Cuántas librerías van ya. La gente me mira. Todos esos ojos expectantes y desconfiados. Yo abro mi librito, carraspeo, comienzo:
“Me duele el pecho, como aplastado por toneladas, mucho más que los nudillos sangrantes. Creo que jamás podré salir de esta angustia. Jamás podre desasirme del dolor. Cierro los ojos, apenas un parpadeo, para abrirlos ardientes, desbordados. Lo veo, una y otra vez:
Son diez los que han irrumpido en la habitación. Diminutos, desnutridos, furibundos. El que los manda es alto y fornido, negro como la oscuridad, lleva su arma enorme como un juguete. Cuando sus hombres – esos hombrecillos de dientes sanguinarios, disparejos – nos sujetan, enciende un cigarrillo, va hasta la puerta y se queda apoyado en el umbral. Hay gritos. No entiendo, o sólo entiendo, creo entender, el nombre de Alá. (Y la gente, todos esos lectores, futuros lectores, empieza a prestar más atención. Algo ha cambiado en el gesto serio con el que siguen la lectura, seguros de que esa es la expresión adecuada para escuchar una lectura, un matiz nuevo en las pupilas, que hace que desee salir corriendo). Uno de ellos ríe, levanta la pistola y dispara una sola vez. Todo el cuerpo de Satoko tiembla en una sacudida tan violenta que los dos hombres que la sujetan se ven forzados a soltarla. La sangre que sale de su frente dibuja un arco oscuro, fragmentado, a medida que se desploma de espaldas. Yace grotescamente desarticulada, con la cabeza ligeramente vuelta, los ojos asombrados. Risas, muchas risas. Y mientras se ríen dos de ellos se aplican en desgarrarle el vestido. Usan los cuchillos, sin cuidado, abriendo nuevas heridas. Veo que uno se suelta el cinturón. Como si fueran tan pesadas como el bronce cuatro hombres separan sus piernas. Me oigo gritar. Siento la violencia de mi empuje. Tengo una vaga conciencia de dolor y voces de alarma. Ira y poder. El dolor de mis nudillos. Me sujetan de nuevo. Me golpean hasta que se cansan. Me arrastran fuera de la habitación. No miro el cadáver de Satoko, por miedo a que el dolor me derrote. Puede que fuera así. No lo recuerdo¨.

Concluyo. Todos dejan escapar el aire que han estado conteniendo. Algunos de forma discreta, varios suspiros, algún jadeo.
Comprendo que no quiero nada de esto. Qué falta me hace a mí vender cien libros más o cien menos.
Otra vez no comprendo. No comprendo qué me llevó de vuelta a Tslal. A encerrarme en una casa -ya no la casa amarilla, otro la había ocupado -, y escribir este libro.
No soy escritor. No es un buen libro.
Nada que hable de aquel lugar cerrado, ese sitio bajo tierra, puede ser bueno. Nada que recree los días anegados por el terror a los pasos de quien, estás seguro, tarde o temprano vendrá a cortarte el cuello; los temblores de miedo y furia porque todo te ha sido arrebatado, porque de repente estás en el infierno.
Fue allí, sin embargo, donde brotó, o desde donde llegué a la Rue d´Auseil.
A la auténtica, no a la copia en la Segunda Ciudad. Aquel fracaso de tantos años atrás.

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