IDENTIFICACIÓN

A veces, hoy por ejemplo, pienso en algunos tópicos que suelen aparecer en las portadillas publicitarias de los libros, que difunden algunos críticos y blogueros que se dedican a comentar libros, incluso gente que aconseja como escribir, y que pasan por ser lar razones por las que se leen libros. No dudo que haya gente que comparta estas razones, que las haya asumido como suyas, pero lo cierto es que a mí, y sospecho que a unos cuantos lectores avezados, ninguna de estas supuestas virtudes, me llama a leer. De hecho están muy lejos, o son casi opuestas, a las razones por las que leo. Esto siempre y cuando tenga unas razones claras para leer, cosa de la que no estoy del todo seguro. Normalmente, esto de leer es como un enamoramiento de bar: uno ve un libro que le llama la atención, no sabe muy bien por qué, acaso le ha pillado en la hora tonta. Empieza a leerlo. A veces las cosas van bien, otras no tanto.

Pero si bien no puedo precisar por qué leo un libro, qué me ha gustado de él hasta haberlo terminado, si que puedo decir cuales no son las razones por las que leo un libro: identificarme con el personaje, por ejemplo. Bien, nunca me he identificado con un personaje. A veces, sobre todo de niño, he querido ser un personaje, por ejemplo, el Júpiter Jones de los Tres Investigadores, pero desde luego, no me identificaba con él. Para empezar, siempre he sido enjuto y Júpiter tiraba más bien a gordito. Eso sí, admiraba lo listo que era el chico, lo hábil que era para resolver, siendo un niño apenas mayor que yo, todo tipo de misterios. Durante un tiempo, lo recuerdo, llegué a adquirir el tic de tirarme del labio, que era lo que hacía Júpiter cuando estaba cavilando, a punto de dar con la solución al misterio. Pero esto no es identificación, sino imitación. Un derivado que a veces se da del juego de la lectura. Pero no identificación. Porque, veamos, uno, por ejemplo, solía leer bastante a Lovecraft. Identificarse con los personajes de este autor es imposible. Gentes, por lo general bastante aburridas, académicos acomodados, por un lado, pueblerinos siniestros, por otro, que tropiezan inevitablemente con un horror que, salvo en contadas ocasiones, les lleva a una muerte atroz o a locura. Pues no, no me identifico con ellos. Bastante tengo con lo mío.

A todo lo más puedo llegar a admirar, o compartir, algún rasgo, alguna opinión del personaje. Incluso puedo querer a algunos que, de encontrármelos en una cafetería, no tendría más remedio que afearles la conducta. Sin embargo, mientras permanecen dónde deben estar, en el libro, pues la verdad es que sí, que visto de esa manera, su manera,  yo también me hubiera cargado a esos gilipollas, despacio y con mala sombra. Porque quizás una de las cosas que si busco al leer, una de las razones que tengo para leer, y miren que me hace feliz descubrir que alguna razón hay, es ser vicariamente otro.

 O no exactamente. Porque un personaje, no es exactamente otro. Es una serie de palabras, a las que yo, al leer, presto ojos y vida.  De otro modo no existe.  Un personaje no es una persona, con la que uno se puede identificar. De hecho, el personaje que yo sostengo, difícilmente puede ser el mismo personaje que sostiene mi vecino. Casi del mismo modo que el yo que soy yo no es el mismo yo que es mi vecino.

ESPECULACIÓN

Orfeus , de Nolan Swift, es un libro enigmático. Imposible discernir si nos encontramos ante un manojo de ensayos, de apuntes biográficos, o  un esfuerzo de  mera invención. No se sabe, aunque hay un cierto tufo que me impele a decantarme por lo segundo.  Todas y cada una de las anécdotas son improbables, cuando no entran de lleno en el campo de lo increíble, cada uno de los lugares, aun los pocos que no se ubican en poblaciones marginales, de las que pocos han oído hablar, resultan disparatados, aún para estos tiempos. Ejemplo: ¿Nos podemos tomar en serio esa conversación con Samuel Dalany, al atardecer, en un parque, presidida por la inquietante y no explicada aparición de una segunda luna en el cielo? Y no sólo se trata de eso. Hay algo en cada línea del texto, incluso cuando este es más plano y cotidiano, cuando se recrea por ejemplo en las volutas que emergen de una taza de café y, posteriormente, en los pormenores del sabor y textura del primer sorbo, que nos hace preguntarnos hasta qué punto la palabra escrita,  incluso en el intento más minucioso y objetivo de retratar la realidad, no transforma esta en especulación, en abstracción. Más creación que recreación. Aunque claro, a decir de algunos científicos, lo que llamamos realidad es ya de por sí una especulación, la mejor apuesta que hace nuestro cerebro. El problema de la palabra escrita, sin embargo, es siempre el mismo: Siempre dice menos y más de lo que quiere decir. Nunca es recta, apunta en innumerables direcciones y, sobre todo, hacia sí misma. En rigor, para la representación, no existe lo que llamamos palabra justa: la palabra justa se da solo en relación al texto, a otras palabras. Dicho de otro modo todo aquello que podemos percibir a través del texto no tiene nada que ver con la realidad sino con el discurso, poco importa lo vívida que se nos haga la figuración, al leer, de este edificio o del rostro de aquella persona. Todo, en definitivas cuentas, es invención. Y si bien se puede decir que esto ocurre siempre,  que ha ocurrido desde la Ilíada hasta la última novedad en los estantes de las librerías, Orfeus es un libro que, sin ser esa su intención, lo deja de algún modo patente.

A veces, sin embargo, en algún apunte corto, entre esta entrevista y aquella consideración sobre el creciente realismo de los videojuegos, Nolan Swift abandona toda pretensión de ensayista y cae de lleno en la ficción. Son guiños breves, pero que no pasan desapercibidos. Por ejemplo:

“Hoy he visto al poeta laureado. Se puso a beber de mi jarra sin pedir permiso. Cuando quise darme cuenta, la mitad del contenido se había perdido en su gaznate. El camarero me pidió que no se lo tuviese en  cuenta. Ya sabes, dijo, desde lo del tiro no anda muy bien. Hacía tres años, lo saben todos, el poeta laureado contó un chiste. Después roció sus sesos por la barra, entre las botellas, sobre el vestido nuevo de una clienta. Un disparo en el paladar. Llevaba la recortada escondida en el abrigo. Nadie recuerda sus poemas, aunque los premiaron muchas veces y andan por un montón de antologías imprescindibles. Y, eso dicen, eran muy buenos. Sin embargo, todo el mundo recuerda el chiste que contó antes de meterse la escopeta en la boca. Le dije al camarero que de acuerdo, que no se lo tendría en cuenta.”

Dios,

No importa qué dios,

El padre ceñudo de ojo con hipotenusa

O el que se rasca la espalda con un cetro de relámpago,

O el que tiene tantos brazos

Que le estorban para rascarse

Dios,

No importa que dios

Tiene la sonrisa en forma de espada

Y su misericordia huele a cordita.

– Y como buscan los corderos esa sonrisa

Mientras arrancan los ojos de la oveja negra-

Dios,

No importa que dios,

Tiene la manía de hacer promesas

Y cada minuto que esperamos lo prometido,

El paraíso se escapa un par de zancadas.