EDITANDO UN MUNDO

Déjenme hablarles de un descubrimiento reciente. Una novelita deliciosa de una jovencísima autora cubana. La novela se llama “El Jazz ácido de Nueva Zelanda”,  la autora: Amanda Pérez Morales. Está editada por La Pereza, editorial americana que se dedica a publicar textos principalmente hispanohablantes. Sus criterios, por lo que he leído de ellos hasta ahora, anteponen la calidad a la comercialidad. Lo que en los tiempos que corren no deja de ser admirable, heroico incluso.

“El jazz ácido de Nueva Zelanda”, breve, pero intensa, es una novela más ambiciosa de lo que parece. Tildarla de filosófica no sería erróneo, su autora es filosofa y en algo ha de notarse,  pero tampoco la explicaría. Quizás porque la filosofía que se destila en sus páginas es de una levedad desencantada, un tanto disidente y cuestionadora. Y, sobre todo, divertida. Y terrible hasta lo atroz. Es una novela que algunos podrían calificar de difícil- no lo es, su levedad, su tono, la gracia de la escritura, la hacen sencilla de digerir-. Para disfrutarla en plenitud hay que tener un buen armario de referencias, conocer algo nuestra literatura occidental, algo de nuestras tradiciones filosóficas. Detalles por lo demás esperables de la gente que se llama a si misma lector, ya que estas referencias se adquieren con la lectura. Por lo demás, estas referencias no son intrincadas, y son, o deberían ser, fáciles de reconocer. Aunque estoy seguro de que alguna se me ha escapado. No logro, por ejemplo, ubicar a Anna. Anna es la directora creativa de la editorial La Factory, el microcosmos extraño dónde se desarrolla, en su mayor parte la novela. Una editorial, sita en una avenida burguesa, arbolada, donde, al parecer, se hace de todo menos editar. O quizás se edita en los momentos en que su personal no está en otras cosas. Pero son esas otras cosas las que hacen novela. Que es ante todo una novela de personajes y sus pensamientos. O quizás sea más preciso decir de pensamientos encarnados en personajes. Personajes que, a su vez, son en cierta manera emanaciones de personalidades y personajes de la literatura: Tenemos al Bardo,  que es Shakespeare, también poeta, pero reducido a corrector de textos. A su esposa Molly, que es también Molly Bloom, entre muchas otras cosas. Tenemos a Margarita, que es la Margarita de Fausto, una encarnación fea de la Margarita de Fausto que sólo desea la muerte. Al director que se cree o podría ser Andy Warhol. Y al subdirector, que deviene en fantasma. Y luego a Elemosine, que se regodea en sus culpas. Y a su amiga, que se ríe de ella. Ya a Anna, bruja, amante del Bardo, visionaria de unicornios, y, finalmente, reina carolliana de corazones. Alberto, el asesino perplejo. Y fuera de la editorial tenemos a Lulú, bailarina exótica y holográfica, y a Isabel, dueña ya mayor de un negocio de sombrillas, que a veces son la misma persona y otras veces dos. Y al judío Dominique, que, en cierta manera- tangencial, oscura-,  acaba siendo el protagonista, o el centro sobre el que todo acaba pivotando.

Y todos estos personajes, sus historias, reflexiones, que los llevan a un giro final e inesperado hacia lo atroz, nos viene dado en una prosa bella, amenísima, cimentada en un tono zumbón, que transforma algo que habría quedado en un puñado de anécdotas, en una novela poderosa, divertida y terrible.

PREMIOS Y PREMIADOS

Hace no mucho les hablé de la última novela premiada con el Hugo, “El problema de los tres cuerpos”, del chino Cixin Liu. Mencioné  la expectativa que había provocado al ser la primera que recibía este premio que no estaba escrita en lengua inglesa. Les dije también que, a mi juicio, aunque tenía cosas interesantes, tampoco me parecía una novela especialmente remarcable. Haciendo estas mismas consideraciones con un amigo fue como descubrí  Anna Starobinets. Lo que me dijo mi amigo fue que no entendía como si se trataba dar el premio a una novela escrita en otra lengua que no fuera el inglés habían escogido precisamente “El problema de los tres cuerpos”, cuando había cosas por ahí bastante mejores, como, por ejemplo, cualquiera de las obras de la rusa Anna Starobinets. Yo había oído hablar de ella, pero aún no había leído nada. Resolví, en ese momento, enmendar esa carencia. Y así, dos libros después – aunque en realidad solo hacía falta uno-, he resuelto que mi amigo tenía toda la razón del mundo, y Anna Starobinets ha pasado a formar parte del club selecto de “las escritoras que me gustan mucho”. En este club, que no es pequeño, pero tampoco muy extenso, encontraran ustedes a Ursula K. Legin, Angela Carter, Margarite Youcenar, Angélica Gorodicher, Silvia Plath, Clarice Lispector, y a otras más que no menciono porque las enumeraciones demasiado extensas son de mal gusto.

Se compara a Anna Starobinets con Stephen King – la King rusa, la llaman algunos publicistas, que saben mucho de vender pero no tienen idea de literatura-, pero lo cierto que es que no tienen casi nada que ver. Sus tratamientos del hecho terrorífico, de lo macabro, son bastante diferentes, los efectos que consiguen, distintos. Por ejemplo, mientras que en King el terror suele tomar la forma de una amenaza concreta, en la escritora rusa son los hechos desnudos, o una acumulación de estos, los que van produciendo distintos grados de incomodidad, temor y extrañeza. También, y esto era inevitable, se la compara con Kafka. Y ahí no voy a dar ni quitar la razón. Solo apostillar que tal vez más que kafkiana – y, en serio, ¿alguien sabe a estas alturas qué significa realmente kafkiano?, quiero decir que el adjetivo se aplica a tantas cosas que…-, más que kafkiana, digo, Starobinets es una autora “metamorfosiana”. Con esto quiero decir que muchos de sus cuentos y su novela “Refugio 3/9”, son en cierta medida revisiones, variaciones, o indagaciones sobre “La Metamorfosis”. Hasta tal punto que uno de los protagonistas de la novela que hemos citado debe aprender el arte de metamorfosear. Estos cambios, que ocurren, salvo en dos o tres casos, al azar, sin agente externo que los provoque, no afectan sólo a personas. Quiero decir que no siempre es el personaje el cambia, aunque siempre es en mayor o menor medida víctima del cambio. Puede darse un cambio, más simple, pero no menos misterioso, de un documento, para que literalmente toda la vida del protagonista, se vea patas abajo. A veces, también, es el mundo entero el que cambia, dejando a los personajes a merced de unas circunstancias nuevas, desconocidas, a las que no saben bien como adaptarse.

Por esta y otras muchas razones, estoy de acuerdo con mi amigo. A la hora de otorgar el Hugo, hay autores mejores, o más interesantes que el chino Liu. Anna Starobinets, por ejemplo.

MUCHO RUIDO

Mucho se ha hablado y mucho se ha esperado la traducción al español de “El problema de los tres cuerpos”, la primera novela en chino que gana el prestigioso premio Hugo, que viene a ser  el mayor galardón dentro del campo de la ciencia ficción. Bien, pues ya está aquí. Y no sé si decir si tanta expectativa estaba justificada o no. Si la novela es tan grande o importante como se lleva diciendo. La prosa es correcta, hasta buena, pero no excepcional. Tal vez se daba a la traducción,  no puedo decirlo. Aunque se agradece que en esta ocasión no sea la traducción de otra traducción. Pero las traducciones de Nova hace tiempo que adolecen de cierta flojera, cierto matiz de cosa hecha a toda prisa, que han llevado a que me lo piense mucho a la hora de adquirir un libro publicado en esta colección. Eso y el hecho de que la calidad del papel, del  cartón de las portadas, a veces incluso de la impresión, es pésima y absolutamente desproporcionada con el precio del producto.  Casi, o no tan casi, un timo.

Sin embargo la novela de Cixin Liu tiene su interés,  por no decir que a ratos, muchos ratos, es muy interesante. En otros cojea, no es fácil decir por qué, apenas una sensación, el interés decrece. Aunque hay que decir que se recupera con presteza. Se ha hablado mucho de la originalidad de la trama, que la tiene, aunque no alcanzo a decir si tanta como se pretende. Intentaré no caer en el error desvelarla demasiado que tantos críticos han comentado y qué quizás me han estropeado un tanto el deguste de esta novela. Sabía cosas que la novela no desvela hasta casi llegado el final, y que en cierta manera, estropea esa bien lograda, aunque ligera – como hecha de palos y sedas, – estructura que nos conduce de uno otro descubrimiento. Tras una breve instrucción en el salvaje y triste ámbito de la revolución cultural china, la novela, ya en el presenta nos enfrenta a una serie de suicidios de eminentes científicos. El motivo de estos suicidios se nos revela pronto: el universo no parece estar comportándose como debiera, y la ciencia se les revela como inútil, incapaz de resolver y predecir las leyes que rigen el mundo. Decirnos por qué esto  es así y si es realmente así ocupará todo el resto de la historia, hasta un final que de no ser, al menos en mi caso, por comentaristas y reseñas que revelan más de lo preciso, se nos mostraría como u giro sorprendente.   Quizás uno de los elementos más originales de la historia, sea ese juego de realidad virtual, que se llama igual que la novela “El problema de los tres cuerpos” y que sirve no solo para ayudar a avanzar en la historia, si no también como didáctico y amenísimo, incluso divertido, repaso de los grandes avances científicos de la humanidad.

También se ha discutido mucho sobre si nos hallamos ante una novela de ciencia ficción dura, es decir, una novela que se atiene a lo que sabe o sospecha la ciencia, o no. Yo diría que sí, a pesar de las dos o tres suposiciones y licencias que se toma, la novela se ciñe bastante al marco de lo que físicamente es posible o no.

Uno de sus mayores defectos es quizás el trazado de los personajes, más que tosco. Se diría que no son más que otra escusa para hacer seguir la trama.

ESPECULACIÓN

Orfeus , de Nolan Swift, es un libro enigmático. Imposible discernir si nos encontramos ante un manojo de ensayos, de apuntes biográficos, o  un esfuerzo de  mera invención. No se sabe, aunque hay un cierto tufo que me impele a decantarme por lo segundo.  Todas y cada una de las anécdotas son improbables, cuando no entran de lleno en el campo de lo increíble, cada uno de los lugares, aun los pocos que no se ubican en poblaciones marginales, de las que pocos han oído hablar, resultan disparatados, aún para estos tiempos. Ejemplo: ¿Nos podemos tomar en serio esa conversación con Samuel Dalany, al atardecer, en un parque, presidida por la inquietante y no explicada aparición de una segunda luna en el cielo? Y no sólo se trata de eso. Hay algo en cada línea del texto, incluso cuando este es más plano y cotidiano, cuando se recrea por ejemplo en las volutas que emergen de una taza de café y, posteriormente, en los pormenores del sabor y textura del primer sorbo, que nos hace preguntarnos hasta qué punto la palabra escrita,  incluso en el intento más minucioso y objetivo de retratar la realidad, no transforma esta en especulación, en abstracción. Más creación que recreación. Aunque claro, a decir de algunos científicos, lo que llamamos realidad es ya de por sí una especulación, la mejor apuesta que hace nuestro cerebro. El problema de la palabra escrita, sin embargo, es siempre el mismo: Siempre dice menos y más de lo que quiere decir. Nunca es recta, apunta en innumerables direcciones y, sobre todo, hacia sí misma. En rigor, para la representación, no existe lo que llamamos palabra justa: la palabra justa se da solo en relación al texto, a otras palabras. Dicho de otro modo todo aquello que podemos percibir a través del texto no tiene nada que ver con la realidad sino con el discurso, poco importa lo vívida que se nos haga la figuración, al leer, de este edificio o del rostro de aquella persona. Todo, en definitivas cuentas, es invención. Y si bien se puede decir que esto ocurre siempre,  que ha ocurrido desde la Ilíada hasta la última novedad en los estantes de las librerías, Orfeus es un libro que, sin ser esa su intención, lo deja de algún modo patente.

A veces, sin embargo, en algún apunte corto, entre esta entrevista y aquella consideración sobre el creciente realismo de los videojuegos, Nolan Swift abandona toda pretensión de ensayista y cae de lleno en la ficción. Son guiños breves, pero que no pasan desapercibidos. Por ejemplo:

“Hoy he visto al poeta laureado. Se puso a beber de mi jarra sin pedir permiso. Cuando quise darme cuenta, la mitad del contenido se había perdido en su gaznate. El camarero me pidió que no se lo tuviese en  cuenta. Ya sabes, dijo, desde lo del tiro no anda muy bien. Hacía tres años, lo saben todos, el poeta laureado contó un chiste. Después roció sus sesos por la barra, entre las botellas, sobre el vestido nuevo de una clienta. Un disparo en el paladar. Llevaba la recortada escondida en el abrigo. Nadie recuerda sus poemas, aunque los premiaron muchas veces y andan por un montón de antologías imprescindibles. Y, eso dicen, eran muy buenos. Sin embargo, todo el mundo recuerda el chiste que contó antes de meterse la escopeta en la boca. Le dije al camarero que de acuerdo, que no se lo tendría en cuenta.”

VERSIONES

Entre los juegos que son los libros, los hay más difíciles, o interesantes que otros. Es curioso, sin embargo, constatar, lo que algunos lectores, jugadores, consideran difícil. Por ejemplo, Shakespeare. Hace un tiempo tuve el disgusto de ver un fragmento de una adaptación televisiva de Romeo y Julieta. En la hora que vi – no lo soportaba más – apenas aparecían tres frases, mal entonadas e ineptamente colocadas, de la obra. Eso no es lo malo. De hecho se podría haber prescindido por completo de Shakespeare. Tomar la historia de los amantes de Verona – que ya existía antes – y haber hecho algo que no tuviera que ver con el bardo, pero que aún así tuviera una cierta calidad propia. ¿Quieres añadir o quitar personajes? Adelante. Cambiar su carácter, perfecto. Meter un dramón entre hermanas del estilo “yo te quito al novio pero yo no quería” inspirándote en Sisi, muy bien. Pero hazlo bien, con garbo y buen material: buenos actores, por ejemplo, y un guión que no parezca escrito por un párvulo con cierta maña para combinar topicazos, a más manido mejor.
Pero la intención declarada del telefilme, según leí en alguna parte, era acercar a la gente el Romeo y Julieta de Shakespeare. Yo, como gente, no puedo dejar de sentirme insultado: Se me está diciendo que no puedo entender a Shakespeare. Se insinúa que Shakespeare es demasiado complejo o difícil para la gente. El problema es que hay demasiada gente que se lo cree.
Ahí va un hecho que quizás parezca sorprendente: Shakespeare escribía sus obras para una población mucho más inculta que la actual, amén de que casi todos eran analfabetos. Ese era el público de Shakespeare. Si se me quiere convencer que cualquier ciudadano medio de la Europa del siglo XXI es más ignorante que una lavandera o un curtidor del siglo XVII, debo sospechar que me quieren tomar por tonto. O que a mí, y al público en general, se nos tiene por tontos.
Sin embargo, insisto, hay gente que se toma en serio la aseveración de que Shakespeare es difícil. Demasiada. Gente que no lo ha leído, ni lo leerá, precisamente por eso. Es posible que algo tenga que ver el miedo a quedar como un tonto. Si lo leo y no me entero, razonan, quedo como un burro. Si no lo leo puedo seguir pensando que no lo soy. El problema de este planteamiento, es que la asnicie queda implícitamente reconocida, aunque sea lo que se trata de negar. Por el contrarío, de leerlo, probablemente lo entenderán, se demostrarán que no son tan asnos como creían, y pasaran un buen rato. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare no son tan diferentes a una película de Tarantino o de acción cualquiera. Si algo sabe hacer bien el inglés, es sembrar los escenarios de muertos. También se le da de perlas lo que hoy llamamos comedia de situación, y el drama romántico no tiene secretos para él.
También es probable que esta sensación de la gente llana de que Shakespeare no es para ellos venga de que les han querido convencer de que es así. Desde hace un par de siglos ha habido un solapado intento por parte del academicismo alto burgués, de apropiarse de la cultura, al igual que se apropian de todo lo demás. Con miradas condescendientes, con voces paternalistas, nos dicen, para qué molestarse, esto no es para ti, además no vas a entender una palabra. Es mentira. El juego de la literatura, el juego del arte, es un juego que todos nacemos preparados para jugar.

SENTIDOS

Hiromi Kawakami es, para mí, un descubrimiento reciente. También afortunado. Hará tres años que me animé a leer su colección de cuentos Abandonarse a la pasión. Digo animé porque uno tiene, como todos, sus prejuicios, y el título los sublevaba. Razones parecidas me habían llevado, a pesar de lo mucho que se me halagaron, a rechazar la lectura de Algo que brilla como el mar, y El mar es azul, la Tierra es blanca, sus anteriores novelas. Algo en los títulos, una sospecha de pedantería, de ñoñería, me repelía. Echar un vistazo a los resúmenes de la contraportada, donde brincaban expresiones como iniciación, madurez, condición humana, terminaron por reafirmarme. A día de hoy no sería capaz de decir qué me hizo abrir el libro de cuentos. Puede que su delgadez. Sea como fuere me alegro de haberlo hecho.
No hay nada de ñoño o pedante en la escritora o en su escritura. Más bien al contrario. Una especie de desvergüenza fría, afilada, perfectamente elegante. Un agudo sentido del sinsentido, o más bien de la falta de sentido. O, con más precisión, de lo espurios que son los sentidos que otorgamos a las cosas. Y sobre todo: la revelación gozosa de que, aún en los actos más “vulgares”, llenos de un sentido físico pleno, pueden percibirse nimbados por un halo de belleza. Aún en la tragedia cotidiana, que siempre aparece revestida de cierta conciencia de banalidad, no tan triste como irónicamente melancólica. Lo físico, lo sensorial, impregna todo el discurso de Kawakami: Las acciones, los sentimientos, hasta los ocasionales elementos fantasmales, están imbricados con la carne y la materia, son inseparables del oler, del escuchar, del tocar, del ver, del saborear.
La prosa de Kawakami bien puede definirse como cristalina. No porque sea transparente, o diáfana, o bonita, sino porque está construida con la precisión hermosa y reticular, perfectamente conectada, de un cristal.
Yo afirmaría que, aunque sus dos primeras novelas – sí, finalmente también las leí -, son excelentes, un poco más floja, aunque buena, esa tercera, El señor Nakano y las mujeres, es en las distancias cortas dónde Kawakami alcanza a dar lo mejor de sí. Hay autentico genio en los cuentos, o al menos en la mayoría, de Abandonarse a la pasión. Cuentos de amor, como permite anticipar el título, o quizás no. Todo depende lo que quiera entenderse, lo que quiera que construirse en torno a la palabra amor. Aunque a mi modo de ver, amor, no es una palabra, sino un campo semántico que define una serie de actitudes o políticas vitales, coincidentes, pero menos de lo que se cree, en algunos elementos. En cualquier caso, no cabe esperar, en estos cuentos, traza alguna de las mitologías amorosas consagradas por el uso – abuso – y las (¿buenas?) costumbres. Bueno, alguna sí, alguna que otra, pero tratada con cierta burla, burla tierna, si se quiere, pero burla. Lo cierto es que, a la luz de la prosa de Kawakami, cuando se pronuncia la palabra amor, tenemos que preguntarnos qué se quiere decir exactamente. Quizás, al final, no tengamos respuestas rotundas, pero advertiremos la necesidad de revisar la rigidez de nuestros esquemas, nuestras creencias, la misma configuración de nuestro mundo.
Su última novela Manazaru, breve también, es, a mi entender, otra obra maestra. Al menos la mejor historia de fantasmas que he leído, con o sin fantasmas.

Otro juego

La vida es un juego. Lo malo es que los jugadores son pocos. Todos los demás miramos. Constantemente, a través de la publicidad, de los mensajes enviados por el cine, los medios, algunas formas de arte vendidas, consciente o inconscientemente, a los jugadores, tratan de convencernos de que también nosotros, si nos lo proponemos, podemos jugar. Pero eso es sólo cierto en número muy reducido de casos (casos que son aventados a bombo y platillo para reforzar la ilusión: todos esos “hombres hechos a sí mismos”). La mayoría sólo podemos mirar. Pero no miramos desde la perspectiva del espectador de un partido de futbol, o baloncesto, una ronda de billar o una partida de ajedrez. Nuestra perspectiva es la de la pelota, la de las bolas, la del peón. No somos jugadores, no somos espectadores, somos juguetes. De ellos, los jugadores, es el tablero, son las reglas. Y se nos repite que sólo bajo sus reglas se puede dar el caso improbable, aunque posible, de que algún juguete devenga en jugador.
Esta es una de las conclusiones, quizás no la más evidente de todas, que uno puede sacar de la lectura de “La abolición del trabajo”, ese panfleto de Bob Black, no por minúsculo menos magnífico. Otra, más evidente, es que nos hemos visto envueltos en el juego equivocado. El juego de la producción y consumo a todo coste. Eso que llaman crecimiento. Pero, ¿para qué, hacia dónde crecemos, qué nos espera en las alturas, si es que hay alturas? Para vivir mejor, se nos dice. Pero la vida es un juego: Vivir mejor es jugar mejor. Y nosotros no jugamos. Los peones – y las figuras no son más que peones con pretensiones – no juegan. Se usan en el juego, y, si es preciso, se sacrifican. La pelota no va dónde quiere, es pateada hasta la portería. Para que jugar sea jugar, debe hacerse de forma voluntaria, no porque no queda otra.
Lo que Bob Black propone, y a lo que uno no puede dejar de asentir – aunque no a todo lo que dice, tengo puntos de discrepancia, la tesis ludita de las malvadas máquinas, por ejemplo-, es que salgamos del tablero. Que dejemos de avanzar cuadro a cuadro hacia adelante, nunca de lado o atrás – movernos en círculo, por ejemplo, si la suerte nos hizo alfil- . Que dejemos de dar vueltas en la cancha, rebotados de una zapatilla cara a otra. Nos insta, en definitiva, a ignorar las reglas. A inventarnos nuestros propios juegos, y no sólo uno, que puedan combinarse entre sí y de los que todos disfrutemos. Unos juegos no de competición- a menos que sea por el mero placer de competir, puntualmente y sin otra contrapartida- no de suma cero, sino que refuercen nuestra diversión, nuestro goce, el placer de todos. De hecho esto nos permitirá encontrar placer en lugares que muchos consideraran extraños: el conocimiento, por ejemplo, o el trabajo. Porque no se trata de no hacer nada, sino de hacer las cosas para potenciar en goce, trabajar como, en que y cuando nos apetece, según el momento. Es decir, trabajar jugando. No atacar la idea del trabajo, o al menos la de hacer cosas, sino la del empleo: el trabajo forzoso, esa forma encubierta de esclavitud.
Lo que propone Black es que todos seamos jugadores. No de este juego que nos imponen. De otros, ya lo he dicho. Con nuestras reglas, siempre negociables. Los niños juegan así, cabiéndolas cuando conviene. Siendo crear y cambiar reglas parte de la diversión. Que todos podamos jugar. Un auténtico sentido lúdico de la vida