LA MUERTE Y EL CORCHO

“Tres rosas amarillas” es uno de los cuentos de Raymond Carver que más gustan. Por muchas razones, casi a cada lectura encuentro una nueva, no todas expresables, no todas coherentes con las anteriores. Quizás la más misteriosa sea el misterioso parentesco que le sospecho, no acierto del todo a decir por qué, con otro de mis cuentos favoritos: “Mensaje Imperial”, de Kafka. Otra, quizás, sea que el protagonista aparente – sólo aparente, el real sólo aparece en las páginas finales del relato- es Gogol, a la sazón otro de mis cuentistas preferidos. Tal vez me guste, también, la contumacia del propio Gogol a lo largo del relato, en restar importancia a su gravísima enfermedad, en negar la evidencia de la muerte hacia la que se precipita. En cierto modo, creo, este empeño se ve reivindicado por el final del relato. O tal vez el cuento me gusta porque, sucintamente, podría resumirse así: Donde hay un corcho de champagne la muerte no está.

PAVANA

DSCN1249Ravel y la lluvia. ¿Por qué el bolero? La pavana por la princesa muerta seria, acaso, mas adecuada. Pero es el bolero, esa repetición que en alguna ocasión- ya no, hace mucho, mucho tiempo que no- juzgué ideal para follar. Perdón, hacer el amor. Y el caso es que llueve, y el bolero me aburre. Y mis huesos y mis átomos están fatigados. Me gustaría haber pensado: dios, qué culo; me hubiera gustado que mi puerca imaginación se desbocara. Pero mis ojos apenas han pasado por encima de ese culo- semejante culo -. Y abro la mano, la palma al cielo. Cae más lluvia. Y pienso en un banco sepultado de hierbas, matas, flores, espinas y hojas. Encarcelado en amarillo y lavanda. Y casi pienso que sería un buen lugar dónde tumbar a la princesa muerta, levantar sus faldas. Pero no lo pienso, y es una pena. Pienso, sin embargo, que hace unos días debieron de pasar los jardineros. Desbrozaron toda la zona, y ahora el banco se ve libre. Se ve como una cosa de madera y hierro, y desamparo.

NEW YEAR WEATHER

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A eso de las cuatro de la tarde el cielo cambió por completo: De pronto ya no hay más lámina azul, no más cristal pulido, sino un te-cho compacto y cremoso, que difunde una luz sombría, color madre-perla. Este tejido de nubes bajas permanecerá ya todo el día. Todo pa-rece estático por debajo de este cielo –un cielo de natrón, pesadísimo, que momifica el tiempo -: los viandantes, los coches en las calles sólo están dotados de un movimiento aparente, gris: como una serie de instantáneas primitivas, apenas conectadas entre sí. Sólo mucho más tarde, a media noche, comenzará a nevar: Un aguanieve levísima re-cibe el año(…)

Deslizándome entre gente que bebe ruidosamente, risas, abrazos, felicitaciones, llego a hacerme un sitio en la barra. Gabriel y su mujer corretean de un extremo a otro, sirviendo, cruzando saludos. Ella tie-ne una sonrisa dulcísima, aunque algo triste, densamente maquillada. De cuando en cuando pienso que su rostro es una perfecta máscara de respetabilidad. Gabriel, por esta noche, ha abandonado su habitual gesto adusto: un haz de arruguitas feroces se congrega alrededor de sus ojos, y tiene una comisura de la boca permanentemente levantada. Ahora estoy de acuerdo con los que afirman que se parece a Robert de Niro. Extendiendo los brazos, se aproxima a mí y me felicita el año; antes de que pueda decir nada deja ante mí una copa de cham-pán(…)

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Dance me…

Camina recta como una ley. La honestidad y el orgullo salpican sus ropas de mercadillo. Los tacones de plástico marcan un compás de metrónomo. El polvo no osa acercarse a las punteras.
Pero hay fantasmas. Alegres, acechan el nailon de las medias. Un polvo que no es polvo se junta en remolinos, asedia los tobillos. El fantasma de los pies baila. Baila, baila, baila…