MITAD DE CAMINO

Ya casi llego a la mitad, y van para tres meses de camino. Ha habido paradas, claro, distracciones, otros libros que había que leer, que contarles. Sigue habiéndolos, de hecho. Sin embargo considero que, a pesar de no haberlo acabado, tengo que hablar ya de “Solenoide”. No será este el único artículo que de dedique a la novela. Habrá otro más, por lo menos, quizás dos. Más notas de viaje que artículos de crítica.  Y, probablemente, con el modo breve, fragmentario, que usó Basho en sus “Sendas de Oku”, que con la minuciosidad de Leigh Fermor. O pude que al revés.

Ya escrito al menos tres veces sobre Mircea Cartarescu. Quienes recuerden esos artículos sabrán que es uno de los autores que me tienen algo enamorado –es afortunado que en esto de los libros la poligamia no solo esté permitida sino que sea, de algún modo, obligatoria- . Uno de estos artículos se titulaba “La visión y la voz”, y aunque se centraba en “Cegador” hablaba de la obra del rumano en general. Venía a decir que Cartarescu pertenece a una raza de escritores visionarios. También que tiene una voz propia, muy propia, y deslumbrante. En realidad pienso que todo buen escritor, que los escritores que admiro, son visionarios de algún tipo – y por visión entiendo aquí imaginación en su sentido más puramente etimológico, es decir, la gestación de imágenes-, y que, en mayor o menor medida, tienen una voz propia, un modo particular, más rico, más pobre, de infectarnos con esas imágenes. De convertirnos en visionarios a los lectores. En Cartarescu, el equilibrio entre visión y voz, es casi perfecto, como lo fue, por ejemplo, en Machen. Hay, primera nota paisajística, cierto parentesco entre el Londres de Machen y el Bucarest de Cartarescu.

También he dedicado alguna que otra línea a lo que podría llamarse subcultura gnóstica en la literatura. Muchos escritores, de manera más manifiesta –Sábato, Durrell, M. John Harrison, Onetti, otra vez Machen-, o menos manifiesta – Dikens,  Cervantes, en algún momento,  Navokov-, se han hecho eco del mito gnóstico, una de las fantasías más hermosas y terribles de la invención humana. En estos artículos sobre autores “gnósticos” no llegué a incluir a Mircea Cartarescu, lo que es un error. Ya en “Nostalgia”, principalmente en “El Mendébil” y “El Arquitecto”,  también en “REM”, aparecía alguna de las variaciones que adopta el mito gnóstico.  Pero “Solenoide”, a mitad de camino, está resultando ser una obra casi totalmente gnóstica. No es solo que la novela contenga una secta gnóstica de su propia invención, los Piquetistas, es que su concepción del mundo como cárcel – un conjunto de cárceles: la cárcel que es el colegio dónde enseña el protagonista haría relamerse a Foucault y Piranesi-, de trampa  o laberinto del que hay que escapar es puramente gnóstica.  A esta concepción, próxima a Sábato, hay que añadir que, al igual que las mitologías gnósticas, “Solenoide”, a ratos,  sutilmente,  juguetea con la tentación del solipsismo.

Por alguna razón, también encuentro una relación oscura entre “Solenoide”  y el “Tao Te King”,  ese libro que quiere explicar el Tao y empieza diciendo: “El Tao que se puede decir no es el verdadero Tao”. Esta frase, ignoro por qué, me viene a las mientes cada vez, y son muchas, que esta novela se declara una no-novela.

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