EL VÉRTIGO

Déjenme hablarles de cómo conocí los versos de Roberto Ruiz Antúnez y me enamoré. Fue hace unos años, cuando un grupo de escritores más que menos desconocidos nos reunimos para hablar. Luego, por la tarde, vino la hora de los poetas. Un recital dónde se escucharon buenas voces, hasta grandes voces. Desconocidas o casi desconocidas. Todas me gustaron, algunas algo más. Pero cuando escuché a Roberto recitar fragmentos de su “Habitación trashumante”, supe lo que quería decir Confucio cuando, después de su encuentro con Lao Tse, comentó sucintamente: hoy he visto al Dragón.

El Dragón, más que el propio Roberto, eran las palabras. O lo que las palabras a duras penas pueden sujetar: Los golpes, las imágenes, ese tacto o pulsión en las venas que no es un eco del corazón. El olor, no exactamente a quemado, algo casi animal, el sabor de ciertos matices de la luz oblicua. No del todo humano, pero irremediablemente humano en su jaula de palabras. El mal y el bien, y las zonas donde bien y mal no son nada, la belleza de las grietas expresada en unas sílabas. El Dragón, que es también la serpiente de nueve kilómetros, vieja, de piel fría, que Jim Morrison nos invita a cabalgar en su poema-canción “The end”. Porque, creo yo, la pretensión última de todos los juntapalabras, es mantenernos todo lo que podamos, con más o menos gracia, en el lomo escamoso de la serpiente. Sin otro recurso que una lazada de palabras. La mayoría nos caemos tarde o temprano, intentamos volver a subir, y cuando lo conseguimos, nos tambaleamos con torpeza, en posturas de resistencia ridícula, aguantando un equilibrio imposible, y volvemos a caer. Imaginen mi sorpresa, mi admiración, al ver como, verso tras verso, Roberto Ruiz Antúnez, logra mantenerse grácilmente erecto, sujeto a su lazo de palabras, mientras la serpiente se arrastra y ondula a una velocidad endiablada. Un autentico Jinete de la serpiente: alguien que ha visto a Pan y nos lo muestra, o al menos tanto como se puede mostrar. Nos sube al lomo de la serpiente, que es el único modo seguro de ir en ella, por invitación del jinete. Porque a fin de cuentas, a Pan, al dragón, sólo podemos percibirlos como palabras. Quizás no sean más que palabras.

Aunque Burroughs decía que las palabras son una plaga.

“Ovnis en la noche americana”, es el nuevo trabajo de Roberto Ruiz Antúnez, y el primero de la recién nacida editorial vallisoletana, La Penúltima. Una editorial dedicada a la poesía. Unos valientes. Unos jabatos, que diría Roberto. “Ovnis en la noche americana”, es todo lo que he intentado decir antes y algunas cosas más que me he dejado en el tintero. Roberto, en prólogo, lo llama la búsqueda. La búsqueda ha estado siempre ahí. Puede ser descrita de muchas formas. En este poemario lo hace a través de una especulación poética sobre el encuentro que Kurt Cobain, que revolucionó el rock, y William Burroughs, novelista, patriarca de la psicodelia, de los ovnis y de los dioses psicóticos, mantuvieron. Nada se nos presenta como seguro, salvo el olor de la pólvora y del sexo, la luz de Caravaggio, el bajo del rock, la sangre, la libertad, que algunos llaman locura, ese intento de romper los límites; que la selva que es la raíz de la ciudad, y que no siempre es fácil distinguir una de otra.  Dioses nuevos y dioses viejos.  O que: La belleza es el vértigo de lo indecible.

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