CARIDAD

“…no aceptaré ni en esta tierra ni en el Cielo ni en el Infierno, que nací, que nacieron mis seres amados, que nacieron esos desgraciados para ser asesinados y enterrados con el fin de que podamos encontrar la felicidad en la otra vida. Tampoco aceptaré que deberíamos haber estado satisfechos de aceptar la caridad. Ellos, todos los innombrables ellos, nos arrebataron la decencia y la esperanza y nos impusieron el castigo de la caridad. En mi vida he aprendido que un hombre o una mujer que recibe semejante trato recurrirá, y de manera salvaje, a la venganza.”
En cierta manera, esta cita con la que comienzo, este extracto, párrafo, de uno de los últimos capítulos, resume “El nacimiento de la Republica Popular de la Antártida”, jugosa novela de John Batchelor. Novela que en su día, cuando fue publicada, hace unos treinta años, se vendió como ciencia ficción distópica, pero que al leerla hoy, cualquiera se sentiría tentado de llamar profética.
Y es que es, sin duda, una novela profética. No en el sentido de anticipativa – el más extendido y vulgar de los significados de la palabra – que lo es, oscuramente, exageradamente, y así puede sentirlo cualquiera que la lea hoy, viviendo hoy, sino en otros más complejos.
En la novela de Batchelor no se puede dejar de sentir el eco, una resonancia, de los profetas bíblicos, más allá de las no pocas citas que salpican la novela. Solemos pensar que el profeta bíblico es aquel a quien Dios le ha concedido ver el futuro y augura toda clase de bendiciones o calamidades. Esto es no haber comprendido la figura del profeta. Es rebajar la figura del profeta a la de un mero lector de auspicios, a una decidora de la buenaventura cualquiera, a astrólogo cutre de programación de madrugada. El profeta, en realidad, lo que hace es denunciar. Denuncia un comportamiento que Dios considera injusto –porque, no lo olvidemos, el profeta habla con Dios y habla por Dios-, y advierte de las consecuencias que esto puede tener para el infractor. No es que vea el futuro, más bien Dios le ha dicho, dile a tal persona, a cual imperio que no me gusta lo que hace, y que si no rectifica se lo voy a hacer pagar. El profeta denuncia, el profeta amenaza. Batchelor, o más bien el protagonista de la novela, Grim Filde, no habla en nombre de ningún dios, sino como hombre, por el hombre. No amenaza – o si lo hace, es a agua pasada, a través de su propio ejemplo – pero si denuncia. Y denuncia con palabras potentes, con voz resonante, como la de los profetas. Con voz que conmueve, que arrastra, a pesar de la ficción, a una indignación triste y colérica al tiempo. No se trata de la afamada suspensión de la incredulidad – en la que, como ya he dicho en alguna ocasión, no creo -, si no de que sus palabras nos enfrentan a cierto estado de cosas. Puede que el mundo que describe Batchelor y el nuestro no sean el mismo, – aunque, en ciertos extremos, en ciertas regiones, podrían serlo- pero lo que la novela denuncia con ese eco profético, se da, y cada vez más, en nuestro mundo.
Y lo que la novela, de un modo épico, denuncia es ni más ni menos que la supuesta virtud de la caridad. La caridad como freno, para debilitar débil, para tenerlo quieto. La suelta de migajas para justificar y mantener desigualdades, este estatus quo del que se nos ha convencido que es el único posible, el mejor.

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