VERSIONES

Entre los juegos que son los libros, los hay más difíciles, o interesantes que otros. Es curioso, sin embargo, constatar, lo que algunos lectores, jugadores, consideran difícil. Por ejemplo, Shakespeare. Hace un tiempo tuve el disgusto de ver un fragmento de una adaptación televisiva de Romeo y Julieta. En la hora que vi – no lo soportaba más – apenas aparecían tres frases, mal entonadas e ineptamente colocadas, de la obra. Eso no es lo malo. De hecho se podría haber prescindido por completo de Shakespeare. Tomar la historia de los amantes de Verona – que ya existía antes – y haber hecho algo que no tuviera que ver con el bardo, pero que aún así tuviera una cierta calidad propia. ¿Quieres añadir o quitar personajes? Adelante. Cambiar su carácter, perfecto. Meter un dramón entre hermanas del estilo “yo te quito al novio pero yo no quería” inspirándote en Sisi, muy bien. Pero hazlo bien, con garbo y buen material: buenos actores, por ejemplo, y un guión que no parezca escrito por un párvulo con cierta maña para combinar topicazos, a más manido mejor.
Pero la intención declarada del telefilme, según leí en alguna parte, era acercar a la gente el Romeo y Julieta de Shakespeare. Yo, como gente, no puedo dejar de sentirme insultado: Se me está diciendo que no puedo entender a Shakespeare. Se insinúa que Shakespeare es demasiado complejo o difícil para la gente. El problema es que hay demasiada gente que se lo cree.
Ahí va un hecho que quizás parezca sorprendente: Shakespeare escribía sus obras para una población mucho más inculta que la actual, amén de que casi todos eran analfabetos. Ese era el público de Shakespeare. Si se me quiere convencer que cualquier ciudadano medio de la Europa del siglo XXI es más ignorante que una lavandera o un curtidor del siglo XVII, debo sospechar que me quieren tomar por tonto. O que a mí, y al público en general, se nos tiene por tontos.
Sin embargo, insisto, hay gente que se toma en serio la aseveración de que Shakespeare es difícil. Demasiada. Gente que no lo ha leído, ni lo leerá, precisamente por eso. Es posible que algo tenga que ver el miedo a quedar como un tonto. Si lo leo y no me entero, razonan, quedo como un burro. Si no lo leo puedo seguir pensando que no lo soy. El problema de este planteamiento, es que la asnicie queda implícitamente reconocida, aunque sea lo que se trata de negar. Por el contrarío, de leerlo, probablemente lo entenderán, se demostrarán que no son tan asnos como creían, y pasaran un buen rato. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare no son tan diferentes a una película de Tarantino o de acción cualquiera. Si algo sabe hacer bien el inglés, es sembrar los escenarios de muertos. También se le da de perlas lo que hoy llamamos comedia de situación, y el drama romántico no tiene secretos para él.
También es probable que esta sensación de la gente llana de que Shakespeare no es para ellos venga de que les han querido convencer de que es así. Desde hace un par de siglos ha habido un solapado intento por parte del academicismo alto burgués, de apropiarse de la cultura, al igual que se apropian de todo lo demás. Con miradas condescendientes, con voces paternalistas, nos dicen, para qué molestarse, esto no es para ti, además no vas a entender una palabra. Es mentira. El juego de la literatura, el juego del arte, es un juego que todos nacemos preparados para jugar.

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