Otro juego

La vida es un juego. Lo malo es que los jugadores son pocos. Todos los demás miramos. Constantemente, a través de la publicidad, de los mensajes enviados por el cine, los medios, algunas formas de arte vendidas, consciente o inconscientemente, a los jugadores, tratan de convencernos de que también nosotros, si nos lo proponemos, podemos jugar. Pero eso es sólo cierto en número muy reducido de casos (casos que son aventados a bombo y platillo para reforzar la ilusión: todos esos “hombres hechos a sí mismos”). La mayoría sólo podemos mirar. Pero no miramos desde la perspectiva del espectador de un partido de futbol, o baloncesto, una ronda de billar o una partida de ajedrez. Nuestra perspectiva es la de la pelota, la de las bolas, la del peón. No somos jugadores, no somos espectadores, somos juguetes. De ellos, los jugadores, es el tablero, son las reglas. Y se nos repite que sólo bajo sus reglas se puede dar el caso improbable, aunque posible, de que algún juguete devenga en jugador.
Esta es una de las conclusiones, quizás no la más evidente de todas, que uno puede sacar de la lectura de “La abolición del trabajo”, ese panfleto de Bob Black, no por minúsculo menos magnífico. Otra, más evidente, es que nos hemos visto envueltos en el juego equivocado. El juego de la producción y consumo a todo coste. Eso que llaman crecimiento. Pero, ¿para qué, hacia dónde crecemos, qué nos espera en las alturas, si es que hay alturas? Para vivir mejor, se nos dice. Pero la vida es un juego: Vivir mejor es jugar mejor. Y nosotros no jugamos. Los peones – y las figuras no son más que peones con pretensiones – no juegan. Se usan en el juego, y, si es preciso, se sacrifican. La pelota no va dónde quiere, es pateada hasta la portería. Para que jugar sea jugar, debe hacerse de forma voluntaria, no porque no queda otra.
Lo que Bob Black propone, y a lo que uno no puede dejar de asentir – aunque no a todo lo que dice, tengo puntos de discrepancia, la tesis ludita de las malvadas máquinas, por ejemplo-, es que salgamos del tablero. Que dejemos de avanzar cuadro a cuadro hacia adelante, nunca de lado o atrás – movernos en círculo, por ejemplo, si la suerte nos hizo alfil- . Que dejemos de dar vueltas en la cancha, rebotados de una zapatilla cara a otra. Nos insta, en definitiva, a ignorar las reglas. A inventarnos nuestros propios juegos, y no sólo uno, que puedan combinarse entre sí y de los que todos disfrutemos. Unos juegos no de competición- a menos que sea por el mero placer de competir, puntualmente y sin otra contrapartida- no de suma cero, sino que refuercen nuestra diversión, nuestro goce, el placer de todos. De hecho esto nos permitirá encontrar placer en lugares que muchos consideraran extraños: el conocimiento, por ejemplo, o el trabajo. Porque no se trata de no hacer nada, sino de hacer las cosas para potenciar en goce, trabajar como, en que y cuando nos apetece, según el momento. Es decir, trabajar jugando. No atacar la idea del trabajo, o al menos la de hacer cosas, sino la del empleo: el trabajo forzoso, esa forma encubierta de esclavitud.
Lo que propone Black es que todos seamos jugadores. No de este juego que nos imponen. De otros, ya lo he dicho. Con nuestras reglas, siempre negociables. Los niños juegan así, cabiéndolas cuando conviene. Siendo crear y cambiar reglas parte de la diversión. Que todos podamos jugar. Un auténtico sentido lúdico de la vida

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