FELIZ MEDIO SIGLO, DUNE

Este año Dune, novela imprescindible para todo amante de la ciencia ficción, alcanza la edad de medio siglo. Con ella se inauguró, en 1965, una de las sagas más importantes, interesantes y acaso influyentes de la literatura del pasado siglo. Una de esas obras que, en ciertos ámbitos, alcanzan la categoría de mitos. Una serie monumental que, en su corpus original, consta de seis libros escritos a lo largo de veinte años. Todo parece indicar que iban a ser siete, de seguirse una estructura simétrica, pero la muerte de Frank Herbert, en 1986, nos dejó huérfanos del colofón. (Años más tarde, en el 2006, el hijo de Herbert y Kevin J. Anderson, basándose en notas del autor, sacarían dos tomos que concluirían la obra). Son seis libros, digo, pero difícilmente una hexalogía. Más bien dos trilogías, la última truncada, como he dicho, levemente unidas por un libro puente. La primera de estas trilogías estaría constituida por Dune, de la que celebramos cumpleaños, Mesías de Dune e Hijos de Dune. Son las dos últimas novelas las que darán el tono general del resto de la saga, apartándose de la épica de la primera novela, y remarcando más los aspectos políticos y socioculturales de la trama. Esta épica será en su mayor parte reconquistada en las dos últimas novelas, Herejes de Dune Y Dune: casa capitular, esa trilogía que quedó en dos libros, aunque desde un enfoque ligeramente distinto. En la primera trilogía se nos cuenta el ascenso al poder imperial de la casa Atreides, a través de Paul, último duque y superhombre genético, y su consolidación a través de su hijo Leto, un hombre que, heredero de los poderes de su padre, convertido en monstruo prácticamente inmortal, reinará durante miles de años. Dios emperador de Dune, la novela puente, nos cuenta los últimos días del reinado de Leto, asesinado- más bien autoinmolado – después de milenios de tiranía. En herejes de Dune y Dune: Casa capitular, varias centurias han vuelto a pasar. El panorama es completamente diferente: el imperio ya no existe más que de nombre y la orden Bennegeserit gobierna más o menos en la sombra, aunque los equilibrios de poder son más delicados que nunca. A este escenario regresan aquellos que huyeron tras la hambruna que provocó la caída del tirano Leto. Y vuelven depuestos a arrasar con todo, perseguidos por un enemigo terrible y desconocido.
Pero es en Dune, aquella primera novela que daría un giro trascendental a la ciencia ficción, dónde todo empezaría. Una novela que habla de traiciones, de las relaciones de poder que existen no sólo en política, sino incluso en el amor, de la interacción entre hombre y entorno, que la convierte, también, en una de las primeras novelas ecológicas. Quizás una de las primeras que trata el transhumanismo. En este caso, estando prohibidas las máquinas pensantes, las mejoras se dan a través de la genética y la ampliación química de la consciencia. Pero lo que nos dice sobre todo Dune es que el héroe y el monstruo están inextricablemente unidos, que uno siempre deviene en el otro, que a menudo son lo mismo – pero esto ya lo decía el Gilgamesh-. Salvo en casos contados, y sobre todo en la primera novela –los Harkonen – y en las últimas – los teliaxu, curiosamente islamistas radicales -, no hay malos en Dune. Y el único personaje al podríamos llamar bueno es el mil veces clonado Duncan Idaho. El resto son montruosa, heroicamente humanos.

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