SENTIDOS

Hiromi Kawakami es, para mí, un descubrimiento reciente. También afortunado. Hará tres años que me animé a leer su colección de cuentos Abandonarse a la pasión. Digo animé porque uno tiene, como todos, sus prejuicios, y el título los sublevaba. Razones parecidas me habían llevado, a pesar de lo mucho que se me halagaron, a rechazar la lectura de Algo que brilla como el mar, y El mar es azul, la Tierra es blanca, sus anteriores novelas. Algo en los títulos, una sospecha de pedantería, de ñoñería, me repelía. Echar un vistazo a los resúmenes de la contraportada, donde brincaban expresiones como iniciación, madurez, condición humana, terminaron por reafirmarme. A día de hoy no sería capaz de decir qué me hizo abrir el libro de cuentos. Puede que su delgadez. Sea como fuere me alegro de haberlo hecho.
No hay nada de ñoño o pedante en la escritora o en su escritura. Más bien al contrario. Una especie de desvergüenza fría, afilada, perfectamente elegante. Un agudo sentido del sinsentido, o más bien de la falta de sentido. O, con más precisión, de lo espurios que son los sentidos que otorgamos a las cosas. Y sobre todo: la revelación gozosa de que, aún en los actos más “vulgares”, llenos de un sentido físico pleno, pueden percibirse nimbados por un halo de belleza. Aún en la tragedia cotidiana, que siempre aparece revestida de cierta conciencia de banalidad, no tan triste como irónicamente melancólica. Lo físico, lo sensorial, impregna todo el discurso de Kawakami: Las acciones, los sentimientos, hasta los ocasionales elementos fantasmales, están imbricados con la carne y la materia, son inseparables del oler, del escuchar, del tocar, del ver, del saborear.
La prosa de Kawakami bien puede definirse como cristalina. No porque sea transparente, o diáfana, o bonita, sino porque está construida con la precisión hermosa y reticular, perfectamente conectada, de un cristal.
Yo afirmaría que, aunque sus dos primeras novelas – sí, finalmente también las leí -, son excelentes, un poco más floja, aunque buena, esa tercera, El señor Nakano y las mujeres, es en las distancias cortas dónde Kawakami alcanza a dar lo mejor de sí. Hay autentico genio en los cuentos, o al menos en la mayoría, de Abandonarse a la pasión. Cuentos de amor, como permite anticipar el título, o quizás no. Todo depende lo que quiera entenderse, lo que quiera que construirse en torno a la palabra amor. Aunque a mi modo de ver, amor, no es una palabra, sino un campo semántico que define una serie de actitudes o políticas vitales, coincidentes, pero menos de lo que se cree, en algunos elementos. En cualquier caso, no cabe esperar, en estos cuentos, traza alguna de las mitologías amorosas consagradas por el uso – abuso – y las (¿buenas?) costumbres. Bueno, alguna sí, alguna que otra, pero tratada con cierta burla, burla tierna, si se quiere, pero burla. Lo cierto es que, a la luz de la prosa de Kawakami, cuando se pronuncia la palabra amor, tenemos que preguntarnos qué se quiere decir exactamente. Quizás, al final, no tengamos respuestas rotundas, pero advertiremos la necesidad de revisar la rigidez de nuestros esquemas, nuestras creencias, la misma configuración de nuestro mundo.
Su última novela Manazaru, breve también, es, a mi entender, otra obra maestra. Al menos la mejor historia de fantasmas que he leído, con o sin fantasmas.

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Otro juego

La vida es un juego. Lo malo es que los jugadores son pocos. Todos los demás miramos. Constantemente, a través de la publicidad, de los mensajes enviados por el cine, los medios, algunas formas de arte vendidas, consciente o inconscientemente, a los jugadores, tratan de convencernos de que también nosotros, si nos lo proponemos, podemos jugar. Pero eso es sólo cierto en número muy reducido de casos (casos que son aventados a bombo y platillo para reforzar la ilusión: todos esos “hombres hechos a sí mismos”). La mayoría sólo podemos mirar. Pero no miramos desde la perspectiva del espectador de un partido de futbol, o baloncesto, una ronda de billar o una partida de ajedrez. Nuestra perspectiva es la de la pelota, la de las bolas, la del peón. No somos jugadores, no somos espectadores, somos juguetes. De ellos, los jugadores, es el tablero, son las reglas. Y se nos repite que sólo bajo sus reglas se puede dar el caso improbable, aunque posible, de que algún juguete devenga en jugador.
Esta es una de las conclusiones, quizás no la más evidente de todas, que uno puede sacar de la lectura de “La abolición del trabajo”, ese panfleto de Bob Black, no por minúsculo menos magnífico. Otra, más evidente, es que nos hemos visto envueltos en el juego equivocado. El juego de la producción y consumo a todo coste. Eso que llaman crecimiento. Pero, ¿para qué, hacia dónde crecemos, qué nos espera en las alturas, si es que hay alturas? Para vivir mejor, se nos dice. Pero la vida es un juego: Vivir mejor es jugar mejor. Y nosotros no jugamos. Los peones – y las figuras no son más que peones con pretensiones – no juegan. Se usan en el juego, y, si es preciso, se sacrifican. La pelota no va dónde quiere, es pateada hasta la portería. Para que jugar sea jugar, debe hacerse de forma voluntaria, no porque no queda otra.
Lo que Bob Black propone, y a lo que uno no puede dejar de asentir – aunque no a todo lo que dice, tengo puntos de discrepancia, la tesis ludita de las malvadas máquinas, por ejemplo-, es que salgamos del tablero. Que dejemos de avanzar cuadro a cuadro hacia adelante, nunca de lado o atrás – movernos en círculo, por ejemplo, si la suerte nos hizo alfil- . Que dejemos de dar vueltas en la cancha, rebotados de una zapatilla cara a otra. Nos insta, en definitiva, a ignorar las reglas. A inventarnos nuestros propios juegos, y no sólo uno, que puedan combinarse entre sí y de los que todos disfrutemos. Unos juegos no de competición- a menos que sea por el mero placer de competir, puntualmente y sin otra contrapartida- no de suma cero, sino que refuercen nuestra diversión, nuestro goce, el placer de todos. De hecho esto nos permitirá encontrar placer en lugares que muchos consideraran extraños: el conocimiento, por ejemplo, o el trabajo. Porque no se trata de no hacer nada, sino de hacer las cosas para potenciar en goce, trabajar como, en que y cuando nos apetece, según el momento. Es decir, trabajar jugando. No atacar la idea del trabajo, o al menos la de hacer cosas, sino la del empleo: el trabajo forzoso, esa forma encubierta de esclavitud.
Lo que propone Black es que todos seamos jugadores. No de este juego que nos imponen. De otros, ya lo he dicho. Con nuestras reglas, siempre negociables. Los niños juegan así, cabiéndolas cuando conviene. Siendo crear y cambiar reglas parte de la diversión. Que todos podamos jugar. Un auténtico sentido lúdico de la vida

FELIZ MEDIO SIGLO, DUNE

Este año Dune, novela imprescindible para todo amante de la ciencia ficción, alcanza la edad de medio siglo. Con ella se inauguró, en 1965, una de las sagas más importantes, interesantes y acaso influyentes de la literatura del pasado siglo. Una de esas obras que, en ciertos ámbitos, alcanzan la categoría de mitos. Una serie monumental que, en su corpus original, consta de seis libros escritos a lo largo de veinte años. Todo parece indicar que iban a ser siete, de seguirse una estructura simétrica, pero la muerte de Frank Herbert, en 1986, nos dejó huérfanos del colofón. (Años más tarde, en el 2006, el hijo de Herbert y Kevin J. Anderson, basándose en notas del autor, sacarían dos tomos que concluirían la obra). Son seis libros, digo, pero difícilmente una hexalogía. Más bien dos trilogías, la última truncada, como he dicho, levemente unidas por un libro puente. La primera de estas trilogías estaría constituida por Dune, de la que celebramos cumpleaños, Mesías de Dune e Hijos de Dune. Son las dos últimas novelas las que darán el tono general del resto de la saga, apartándose de la épica de la primera novela, y remarcando más los aspectos políticos y socioculturales de la trama. Esta épica será en su mayor parte reconquistada en las dos últimas novelas, Herejes de Dune Y Dune: casa capitular, esa trilogía que quedó en dos libros, aunque desde un enfoque ligeramente distinto. En la primera trilogía se nos cuenta el ascenso al poder imperial de la casa Atreides, a través de Paul, último duque y superhombre genético, y su consolidación a través de su hijo Leto, un hombre que, heredero de los poderes de su padre, convertido en monstruo prácticamente inmortal, reinará durante miles de años. Dios emperador de Dune, la novela puente, nos cuenta los últimos días del reinado de Leto, asesinado- más bien autoinmolado – después de milenios de tiranía. En herejes de Dune y Dune: Casa capitular, varias centurias han vuelto a pasar. El panorama es completamente diferente: el imperio ya no existe más que de nombre y la orden Bennegeserit gobierna más o menos en la sombra, aunque los equilibrios de poder son más delicados que nunca. A este escenario regresan aquellos que huyeron tras la hambruna que provocó la caída del tirano Leto. Y vuelven depuestos a arrasar con todo, perseguidos por un enemigo terrible y desconocido.
Pero es en Dune, aquella primera novela que daría un giro trascendental a la ciencia ficción, dónde todo empezaría. Una novela que habla de traiciones, de las relaciones de poder que existen no sólo en política, sino incluso en el amor, de la interacción entre hombre y entorno, que la convierte, también, en una de las primeras novelas ecológicas. Quizás una de las primeras que trata el transhumanismo. En este caso, estando prohibidas las máquinas pensantes, las mejoras se dan a través de la genética y la ampliación química de la consciencia. Pero lo que nos dice sobre todo Dune es que el héroe y el monstruo están inextricablemente unidos, que uno siempre deviene en el otro, que a menudo son lo mismo – pero esto ya lo decía el Gilgamesh-. Salvo en casos contados, y sobre todo en la primera novela –los Harkonen – y en las últimas – los teliaxu, curiosamente islamistas radicales -, no hay malos en Dune. Y el único personaje al podríamos llamar bueno es el mil veces clonado Duncan Idaho. El resto son montruosa, heroicamente humanos.