LEYENDO EN BELLONA. UN APUNTE SOBRE DHALGREN.

Dhalgren es, seguramente, la obra más conocida de Delany. La más larga, también. Los lectores de ciencia ficción están divididos, aunque la mayoría muestran una hostilidad más o menos grande hacia ella. Muchos opinan que ni siquiera se trata de ciencia ficción. En mi opinión lo es –algún que otro elemento apunta a ello -, y no lo es. En cierta manera es una novela que ayuda a confirmar la tesis de que géneros y categorías son sólo útiles para bibliotecarios y archivistas, pero que poco tienen que ver con la literatura en sí. Y si Dhalgren es algo, es literatura. Diría más, es lo que Calasso – siguiendo las prescripciones de Mallarme- denomina literatura absoluta. No me arriesgaré con la afirmación de que quizás estemos ante una de las novelas más importantes – y más desapercibidas, salvo en el campo de la ciencia ficción – del último cuarto del siglo XX. Y sin embargo creo, que, tal vez menor, tal vez no, tiene su importancia.
Hay quienes la comparan – y no como halago, o no la mayoría de las veces- con Joyce y Proust. De tener un parentesco, no es el de la memoria – el protagonista no recuerda su nombre, nadie recuerda cuándo comenzó, cuantas semanas, o meses, como mucho, el aislamiento de la ciudad de Bellona, o cómo -.Y si Proust o Joyce, en mayor o menor medida, retratan sociedades bien, opresivamente, estructuradas, Delany se permite echar un vistazo al derrumbe, a la reorganización, de las estructuras establecidas. Quizás sea la pasión estética, la inquisición, presente en los tres autores, sobre la generación artística.
Dhlagren no es sólo literatura, sino que, parcialmente, es una novela sobre la literatura. Sobre el proceso de crear, sobre el de leer, sobre el de publicar. A lo largo de sus ochocientas y pico páginas, van cayendo fragmentos de una poética, no rotundamente definida, ni definitiva, pero no exenta de atractivo. El principal postulado, nunca expresado, sólo intuido, nada novedoso, por otra parte, es que toda literatura es poesía. Atenta a este principio, la novela es un complejo de ritmo – al que no siempre llega la traducción al español, quizás porque traducirlo es imposible-, de imágenes turbadoras, certeras, de torsiones asombrosas, imaginativas, del lenguaje. Algunas páginas de la novela, el propio inicio, el final truncado – en vez de punto final una palabra partida, no hay conclusión – son los versos en prosa –valga el oxímoron – con los que el protagonista redefine la acción.
Es una de esas novelas difíciles, pero deliciosas, que incomodan a nuestros hábitos más perezosos, a la opinión general de lo que debe ser una novela, es decir algo acabado, algo que va como una flecha quemando etapas reconocibles, hasta el blanco. Pero ¿y si no hay blanco? Solemos exigir que se resuelvan los misterios planteados. Pero ¿y si no hay respuesta, o una sóla respuesta?

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