DESINTEGRACIÓN

El verano pasaba y yo no hacía otra cosa que esperar a Dafne. Según se alargaba la espera, podía sentir como la pequeña mitología que habíamos edificado se llenaba de carcoma. Yo trataba de apuntalarla, denodadamente, a través de cartas donde incidía en el lenguaje, los conceptos, las figuras que habíamos inventado. Pero todas estas repeticiones resultaban fatigosas, y, finalmente, arrugaba el papel y me limitaba a seguir esperando.
La espero cuando, tomando la quinta cerveza, comienzo a no-tar el temblor de una congoja dorada, ahí: entre la garganta y el pecho. Entonces elevo la vista al monitor para darme cuenta de que la cámara me está enfocando. No me reconozco al prin-cipio: la desesperación de aquellos ojos no tiene nada que ver conmigo. Pago y salgo corriendo.
Cogí un tren para ir a verla. El vagón está lleno de familias; soy incapaz de imaginar los motivos por los que viajan. Frente a mí se sienta una niña de unos ocho años, rolliza y fea. Masca chicle con énfasis: de cuando en cuando forma un globo de un rosa insoportable. En algún momento tira de la pernera de mi pantalón:- ¿Qué lees? – me chilla. Hundo mi cara en el libro. Lo repite cinco veces antes de que la madre – una mujer del-gada y pequeña, con rostro de lagarto asustado – le advierta, nada segura de su autoridad: -No molestes al señor. La niña nos mira con hostilidad, primero a la madre, luego a mí, y so-pla una enorme pompa rosa. Es en ese momento cuando siento el deseo de asesinarla.
– ¿Te lo puedes creer? – le dije a Dafne mientras comíamos – me llamó señor…
Apenas monté en el tren de vuelta sentí que la espera comen-zaba de nuevo.
Buscaré a Alejandro, me digo, en el bar de siempre. Pero al llegar me siento demasiado fatigado, completamente vacío. No puedo escuchar mis pensamientos. Olvido masturbarme pensando en Dafne a la hora que habíamos convenido.
Levanté el cubilete: rojo, jota, negro. Alejandro ha mentido, claro, era de esperar, y me deja en muy mala situación. Ella, ahora no recuerdo el nombre, lo sabe y me mira con regodeo –tan raras, las pupilas amarillas -. Hago crotalear los tres dados durante más tiempo del debido. El cubilete contra la mesa suena como un disparo.
– Repóquer – digo, sin mirar el resultado, sabiendo que no tengo nada que perder.
Ella, Irene – sí, ese es el nombre- se apresura a levantar el cubi-lete. La sonrisa maliciosa muta en un círculo asombrado. Tiene una boca bonita. Casi tan roja como los cinco reyes que nos miran sobre la mesa.
– Serás cabrón.
Me encojo de hombros, hago una reverencia burlona.
Era forastera, tenía un contrato en la ciudad para un par de semanas. Alejandro la había encontrado cerca de la media no-che, tres días atrás, buscando alguien que le sirviera de cicero-ne entre los bares de la ciudad. Es muy simpática y está muy buena, me había dicho por teléfono Alejandro. Supongo que para él era un alivio contar con alguien más: todos los demás se habían ido de vacaciones y yo sólo sabía hablar de la espera.
– Me toca esta ronda- dice Irene, levantándose. No es demasia-do alta, un poco más que Dafne. Es cierto que es guapa; ese tipo de belleza dorada: no sólo por el rubio del pelo, o el tono de su bronceado – el vello sobre la piel tostada relumbrando como pepitas en un cauce poco profundo -, también hay algo en sus gestos, en las líneas definidas por el vestido rojo, que habla de sol y claridad.
– He hablado con Dafne, esta tarde – le digo a Alejandro. Él me sonríe, asiente con la cabeza.
– Dice que a lo mejor puede venir dentro de dos días.
Bebo un sorbo del botellín que Irene ha dejado frente a mí. Doy una calada honda al cigarrillo. Noto la congoja nacer, en algún lugar del esófago, como formada por el humo y la cer-veza. Y, de repente, unas ganas atroces de orinar.
Cuando regreso del lavabo están jugando al billar:
– Luego vas tú, contra el que gane- me sonríe Irene.
Agarro el botellín y me siento en la barra, cerca de la mesa de billar. El gran espejo tras el mostrador refleja a alguien que no conozco: no es posible esa boca tan descorazonada sea mía. Cuando Irene se inclina para tirar la falda del vestido sube, revela toda la longitud de sus piernas, un atisbo, en sombras, bajo las bragas, de los labios mayores.
Alejandro se ha dejado ganar. No tengo ganas de jugar al billar ahora, de modo que volvemos a la mesa. Tres rondas después el camarero dice que quiere cerrar.
El calor que nos aguarda en la calle, devuelto por el asfalto después de todo un día de sol inclemente, sustituye toda mi voluntad por alguna otra cosa. No sé bien qué: algo, ni virtud, ni potencia, ni deseo, que se instala junto a la espera. Después de encontrar tres bares cerrados, planteo que quizás sea hora de ir a dormir. Entonces Irene dice:
– Bah, no son ni la una. Tengo una botella de vodca en casa, y algo de vino.
– Id vosotros dos, si queréis- les digo.
– No, venga, vente, será divertido.
– Si, venga, tío, no seas aguafiestas.
En realidad, me digo, no tengo nada mejor que hacer.
En el centro del salón – una estancia pequeña, adornada con el mal gusto, ese amor por el kich folclórico, que sólo poseen los rentistas que alquilan pisos a estudiantes – hay una mesa camilla, los faldones estampados con flores. Ahí nos ha sentado Irene, hace ya un rato, y ha traído unos vasos y una botella de vodca. Ha traído cuatro vasos porque, de pronto, se le ocurre que podríamos jugar a la Oi-Ja. No le importa mucho que ninguno de los dos creamos:
– Es un juego – dice, mientras arranca hojas de una pequeña libreta: una por cada letra del alfabeto – no hace falta creer para jugar. Apoyamos los dedos sobre el vaso, puesto del revés, y ella llama a los muertos. Esperemos un rato, pero es evidente que los muertos no pueden, o no desean, hablar con nosotros.
– Bueno, pues entonces, un porrito – propone Irene y se va hasta a un cajón para sacar una cajita metálica, plana, rosa, con la efigie de cierta gata cabezona. Mientras fumamos y bebemos ella nos cuenta alguna de las cosas que hace en su ciudad natal: juegos equívocos que se desarrollan a través de cartas breves, escritas en servilletas, cuya finalidad última es confundir. Habla con los pies descalzos apoyados sobre la mesa, la silla inclinada sobre las patas traseras, balanceándose de tanto en tanto.
No tengo noción del tiempo que pasa antes de que Alejandro comience a toser. Es una tos áspera, vehemente, como si el aire anduviera desesperado por salir de sus pulmones. La cara se le ha puesto pálida, con matices de verde. Se levanta, apenas puede mantener el torso erguido, se disculpa: – De repente me encuentro fatal -; rechaza el vaso de agua que Irene le ha traído, a toda prisa, de la cocina; moviéndose con pesadez y sin embargo veloz, alcanza la puerta: – Ya nos vemos. Se va.
Yo también debería marcharme, pienso, lo digo en voz alta. Me levanto de la silla
– No, ¿por qué?- replica Irene. Me sujeta brevemente la muñe-ca y luego toma mi mano entre las suyas. Me sonríe, los ojos entrecerrados; las pupilas reducidas a dos paréntesis que en-marcan ese color amarillo. Me suelta y, con un gesto violento, se despoja del vestido.
Estoy solo al despertar, en un cuarto extraño que huele a su-dor, a cera y a algún tipo de incienso. Es la luz de un sol furio-so, que entra sin ninguna gentileza por la ventana, la que me ha obligado a abrir los ojos, para después hacerme parpadear, cubrírmelos con la mano. Una luz que amenaza con desmoro-nar los recuerdos de ayer noche: En un despliegue de activi-dad, Irene coloca, aquí y allá, sobre el suelo y los muebles, un sinnúmero de velas pequeñas, circulares, iguales a las llamas votivas que se encuentran en todas las iglesias; yo la miro, aturdido, lleno de perplejidad, desde el vano de la puerta, recorrer el cuarto diminuto con un mechero, hasta que queda satisfecha con ese patrón irregular de lucecitas temblorosas, y se arroja a la cama. No recuerdo que haya dicho nada. Cuando me acuesto a su lado respira pautadamente. Arroja sobre mi pecho un brazo blando, que ha perdido su voluntad y fuerza, pero que ha ganado peso. Me pesa, más y más cada segundo que pasa, hasta que al fin, yo también consigo dormirme. Re-cojo mi ropa, amontonada entre los cadáveres de las velas que se han consumido por completo durante la noche. En el cuarto de baño encuentro la presencia absurda de un cepillo de dien-tes en el fondo del lavabo. El espejo me muestra un rostro descansado, calmo. Pienso que puedo considerarlo mío, porque estoy tranquilo, y no siento nada – culpa, angustia, satisfacción – que pueda reconocer. Salvo, justo al abandonar servicio, una chispa de ira, repentina y desubicada; un pensamiento se repite como un mantra, pero casi inaudible, seguramente muy lejano o enterrado: me llamó señor, la zorra estúpida.
Dejo atrás la puerta, bajo las escaleras, me adentro en la calle -hace un calor que destruye los contornos, la luz ahoga los pensamientos- y, de nuevo, porque no puedo hacer otra cosa, me pongo a esperar.

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