RESEÑA: MIENTRAS CRECE EL BOSQUE

UNA NOVELA AMERICANA

Mientras crece el bosque. Guillermo Corral. La Pereza Ediciones. Miami 2015. 205 pgs.

¿Dónde, a día de hoy, está lo exótico? O lo lejano, o lo desconocido. Es una de las preguntas quebosque g “Mientras crece el bosque” el intenso, muy intenso, puñado de cuentos que acaba de publicar Guillermo Corral, nos hace.
No vamos a encontrar respuestas fáciles. Ni difíciles. Indicios, en cualquier caso. Pero, como ya dijo Gogol, la obligación de la literatura es plantear preguntas, no dar respuestas.
Quizás el mejor ejemplo sea el segundo relato, “Extraterrestres”, que, en apariencia, es también el que más se diferencia de los nueve restantes. Para un lector de Valladolid, como lo serán muchos de los que ahora leen esto, la descripción de los pinares arenosos bajo un sol inclemente de julio, de las pistas forestales, los cortafuegos, las hondonadas que, cuando éramos niños, podían ser cualquier cosa, esconder cualquier sorpresa, le serán familiares, nada exóticas. Y a ese parecer no le faltará razón. Pero en parte está equivocado. Algo después de leer el cuento, me di cuenta, no sin asombro, de que, en cierta manera, la habitación de hotel en Tokio donde transcurre el final del relato, me era tan familiar como el pinar. Quizás más. No he estado nunca en Tokio, pero he leído tanto, he visto tantas fotos, tantas películas, que con el tiempo me he creado una iconografía, una mitología o fantasmagoría, o lugar imaginario, que llamo Tokio. Y ese lugar, por imaginario que sea, me es tan familiar como los pinares. Más, repito, porque rara vez pienso en los pinares, apenas los veo cuando paso entre ellos sobre las vías o la carretera. Y lo cierto es que, seguramente, no hubiera recordado los pinares de mi infancia de no ser por el cuento de Guillermo Corral. Y estos pinares son también – lo fueron siempre -un lugar imaginario: ese bosque sembrado de agujas verdes y marrones, osamentas de piñas, donde, como ya he dicho, cualquier cosa podía acontecer. Y por ser menos frecuentado que Tokio en la imaginación, o en películas, o libros, o fotos -todos extensiones, ya observó Borges, de la imaginación- , resulta, a la postre, más exótico. Si esto me parece a mí, que crecí pasando largas tardes de verano bajo esos pinos, qué no le parecerá a quien nunca los ha visto. A un lector americano, por ejemplo.
Pero esa imagen que me he edificado de Tokio no es sólo mía. O no en su mayor parte. Muchos, acaso todos, la compartimos. De igual manera, incluso en mayor grado, todos compartimos una imagen similar de América. Si existe algo que podamos llamar un imperio americano, este está situado, sobre todo, en nuestros cerebros. Es sorprendente, ha dicho el autor en alguna entrevista, lo mucho que se parece América a su imagen. Esta es quizás la premisa o escusa principal sobre la que construye Corral su libro de cuentos. Aunque guardo serias dudas de que haya en él algo que pueda ser llamado premisa principal. Incluso de que se trate de meramente de un libro de cuentos.
La forma, la red tejida- con una prosa poderosa, cinemática, una impresionante fábrica de imágenes-, los vínculos que unen las historias entre sí, son demasiados, unos más evidentes que otros, como para no pensar que es una novela disfrazada: el bosque, la enfermedad o la desviación a la norma, la creatividad, la busca de lo justo, lo atroz y su reverso, son algunos ejemplos. Ah, y la marca Polaris. Una colección de fragmentos que forman un todo que vislumbramos aunque nunca se muestra completo. Hasta que acabamos el libro y lo pensamos. Porque “Mientras crece el bosque” es un libro de esos que permanece largo rato en el pensamiento.

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