N

El gesto con el que se despoja de la camiseta me parece desmadejado y nervioso. Los pechos, liberados, tiemblan unos instantes, entregados a una coreografía mínima: Una insinuación de brinco, la sugerencia de un balanceo. Son bonitos, redondos, un poco grandes. Su mirada, su expresión,  han perdido la osadía desafiante que tuvieron en el Lino, cuando se acercó a mí – mi espalda contra una pared, mirando a los que bailan, a ella, a todas las demás- y arrojó su boca sobre la mía. No logro recordar si me dijo su nombre, si no pude o no quise oírlo – Seven Nation Army hacía vibrar cada molécula de aire y humo, de sudor; la feroz línea de bajo había invadido la mayor parte de mi cerebro-. Lo que sí entendí claramente fue: Ven conmigo a mi casa. Sus manos dudan un instante antes de alzarse para ocultar sus tetas de nuevo; frunce el ceño:

– Escucha – me dice la extraña. – Ya no me apetece.

No hace frío, pero la brisa ligera que trae la proximidad del alba me incomoda, me fuerza a temblar ligeramente. Como es natural, las verjas de los cines Planet están echadas a estas horas. A sus pies, el reverso plateado de una bolsa desgarrada de patatas fritas aletea con pautas inconexas, reverberando de tanto en tanto, cuando recibe la luz de alguna de las farolas. Una playa de cáscaras de pipa, que nace a las puertas del bar de al lado, cubre el pavimento. En el pilar de cemento que separa las dos cortinas de metal alguien se ha molestado en dibujar, con espray verde, lo que pretende ser un falo descomunal. Debe de haber sido esta misma noche, porque aún huele a pintura, al propano del aerosol.

No suelo venir mucho por el Planet, pero me extraña sorprenderme recordando, entre todas las que he visto aquí, la película Spawn. La vi solo y me aburrió. El guión deslavazado, los efectos especiales de saldo.

Ahora no entiendo bien por qué vine a verla. Puede ser porque meses antes, a lo largo de aquel verano extraño, había empezado a comprar los comics de Top cow y de Image. Casi todas las historias de estas editoriales apuntan hacia la redención. Nunca he entendido del todo el concepto de redención, quizás porque nunca he sentido la necesidad de redimirme. Al poco comprendí que aquellas series en viñetas, The Darkness, Witchblade, Spawn, no hacían sino incrementar mi hastío. Todas salvo Midnigth Nation, que concluí e hice encuadernar. Hacia septiembre había dejado de comprar todas las demás.

Septiembre fue un mes manso. Lola había regresado de sus vacaciones y todo – como un jersey muy viejo que te vuelves a poner, raro al principio, pero inmediatamente familiar – volvía a su cauce. Escribí en algún papel:

“Es septiembre, y cierto viento, una brisa de muy lejos, edifica algo que no puedo nombrar entre sus rizos”.

Siete semanas después Lola me decía:

– He conocido a alguien.

Al viernes siguiente yo estaba en el Planet, viendo Spawn. Había querido venir solo, y, cada vez más aburrido, pensaba en lo bien que me sentaría poder llevar al mundo toda aquella destrucción de fuego, fragor y acero.

Cuando llego a cruzar el puente y dejo atrás el centro de Viginta, la aurora ya está avanzada. Las aves que pueblan la chopera que bebe de las orillas del río, apuñalan la luz incipiente con sus trinos y chillidos; a pesar de que siguen ciertas pautas, una especie de orden – el chorlito contesta al cuclillo, que, a su vez, recibe la respuesta de una lechuza adormecida… – no advierto la cacareada armonía de este jolgorio.

Ya se puede decir que es de día cuando, medio kilómetro al sur, me interno en los soportales de una barriada de casas subvencionadas. Con los años, el ladrillo ha llegado a parecerse a algún tipo de roca porosa, frágil, a una escoria volcánica parda, manchada por una sangre que se secó hace demasiado tiempo. Todos los pilares cuadrados que sustentan estos soportales, lo mismo que las paredes junto a las puertas, están hundidos en estratos de dibujos obscenos y declaraciones de amor. – Se me ocurre, de repente, que se parecen demasiado a la memoria-. Al otro lado, salgo a la Avenida, una vía de cuatro carriles. El tráfico es escaso por lo que no me molesto en llegar hasta el semáforo que hay a unos veinte metros más abajo: corro hasta la mediana, oteo a mi derecha. Vienen cinco coches. Tanteo los bolsillos en busca del tabaco, pero la cajetilla no está. He debido olvidarla en casa de la extraña. Suspiro como un mártir: sin sexo y sin tabaco, vaya mierda, pienso. Cuando pasa el último coche, camino hacia la acera opuesta. La acera bordea un enrejado que protege una instalación eléctrica. Un repetidor, creo. La trama de acero de la torre- una especie de T altísima, el esqueleto de un robot alienígena – arroja matices de oro que me recuerdan a las escamas de una carpa. Los cables zumban  una nota persistente y uno casi se espera ver saltar una descarga voltaica. La verja sigue la vereda hasta una carretera mínima, que va hacia el oeste. Detrás de este caminito de brea se extienden en sucesión tres amplios solares, como una tierra de nadie, como un espacio que el vacío hubiera arrebatado al cristal y al ladrillo. El camión está abandonado en el segundo de ellos, junto a la acera.

La lona blanca de la caja tiene desgarros en varios puntos y la han cubierto de grafiti – ninguna letra ni dibujo, trazos aleatorios, curvas de un  negro violento-. La cabina roja también ha sido blanco de los bombardeos de los grafiteros. El parabrisas tiene dos impactos, dos telarañas transparentes que se extienden hasta entrecruzarse en una filigrana grotesca y frágil; la mañana joven hace que parezcan trazos tenues de metal fundido.  A través de la rasgadura más grande de la caja, se ve una acumulación de objetos variopintos: montones de ropa barata de hombre mujer y niño – un pijamita rosa, sucio – varios cuadernos – el más cercano a la abertura tiene en la tapa esta impresión: Asociación de Radioaficionados de Viginta -, al menos una maleta, un ladrón de corriente, una televisión, algo que por el falso cabello dorado es sin duda una muñeca. Todo dispuesto sin ton ni son, en un caos desconcertante. Si lo miras cierto tiempo, sin embargo, acabas por ver cierta semejanza, muy lejana, con las cajas de Cornell.  Parece que algunas cosas han caído al suelo, o, más bien, han sido arrojadas, como paladas de tierra. Se extienden en una distancia de algunos metros, entre detritos de bebidas y aperitivos, los condones manchados de tierra seca que son habituales en estos descampados. Hay tres juguetes desahuciados: un muñeco del Joker sin cabeza, el tablero de madera de un abecedario de letras troqueladas, una muñequita de papel de esas que se llaman mariquitas. Una carpeta que ha debido de llevar la alumna de un instituto. Lo más lejano de todo, lo más extraño de todo, es algo que  en principio me parece un carrete fotográfico – lo que no deja de ser raro en estos tiempos -, hasta que veo que la cinta se alarga de un modo desmesurado, haciendo eses caprichosas -forma una figura tan sinsentido como una letra extraterrestre- hasta llegar a la espiral apretada desde donde se desenvuelve. Relumbra con el sol, negra al tiempo que translúcida. Cuando me acerco puedo ver que se trata de un positivo de 35mm, de una película en blanco y negro. Por curiosidad, miro al azar tres de los fotogramas: Gente entrando por la puerta de embarque de un avión de las Reales Aerolíneas Belgas; más gente rodeando un coche – hay muchos, no está claro si alguno de ellos suben o se apean; me hace pensar en una misión diplomática en Gaza, o bien en “Bien venido Mr Marshal” – y, por último, una N que abarca la mitad de la imagen, la otra mitad parece desenfocada, en todo caso no la puedo distinguir.

La luz que define este escenario hace que el relumbre de la lona blanca parezca el grito de animal pequeño, que la basura y el polvo adquieran una nitidez extraña, demasiado sólidos de repente, pero también a punto de deteriorarse, de desvanecerse como un gas o un neutrino, dejando tras de sí todos estos objetos oscuramente relacionados.

Cuando despierto, algo más tarde del mediodía, apenas soy capaz de recordar cómo me he desnudado,  cuándo bajé las persianas, el momento en que me arrojé sobre las sábanas, completamente agotado, incapaz de soñar. Pero, mientras froto mis dientes, intentando sacar de mi boca esa textura de estropajo, mientras, afeitándome, trato de evitar mis ojos en el espejo, mientras espero que la última gota de café caiga en la taza, los tres fotogramas se van sucediendo una y otra vez en la memoria: algo parecido a un rezo monótono, hecho de formas. Reales Aerolíneas Belgas, quién coño ha oído hablar de las Reales Aerolíneas Belgas, pienso con el primer sorbo de café.

Enciendo el teléfono: hay tres llamadas perdidas de Lola. Las borro. Diez meses después de que saliera del cine, más aburrido de lo que había entrado, con más deseos de que el mundo estallara en pedazos, la encontré en un bar que antes ninguno de los dos frecuentaba. Cuatro días más tarde decidió que nunca había estado mejor que conmigo. Esta vez, pasaron casi tres años antes de que me dijera: he conocido a alguien. También hay un mensaje de Conrado, recordándome que voy con retraso. Otro de Arturo, me dice que mañana en el Balmoral  hay una fiesta patrocinada por Guiness. A continuación pregunta si salgo a tomar algo. Han quedado donde siempre, a las 10.

Abro un archivo de texto nuevo. Escribo:

Nota517:

Vehículos abandonados: aparecen aquí y allá, inesperados, como heraldos de misterios banales. Quizá metáforas demasiado obvias y simples de la vida. En el barrio dónde vivía siempre aparecía uno cada dos o tres semanas. Los distinguías por su estado lamentable – bajos y ruedas empotrados en barro seco, rayones en la pintura, faros, e incluso lunas, quebrados – y porque, generalmente, tenían matrículas de otras ciudades. Una vez vi un Ford Fiesta rojo que había llegado desde Lisboa. La puerta izquierda estaba abollada de tal modo que no lograba explicarme cómo lo habían podido conducir. Mecánicamente, solía preguntarme cual era la historia, qué cadena de sucesos habían traído esos coches hasta aquel aparcamiento. A pesar de que la respuesta era obvia, el relato comenzaría inevitablemente con un robo, me lo preguntaba cada vez. Esta mañana, sin embargo, el origen del camión me pareció menos importante que la naturaleza absurda de su carga…”

De pronto – pues claro, era esto – algo encaja en mis ideas. Abro el correo y empiezo a escribirle a Conrado:

“Escucha, se me ha ocurrido un cambio de enfoque….”

Media hora más tarde he enviado un email demasiado largo, tan lleno de detalles como de vaguedades, pero es importante que Conrado comprenda, que al menos se acerque a comprender.

Cuando acabo meto una Pizza en el horno y me doy una ducha rápida. Pongo en el equipo el “Electric” de Cult. Cuando termina Wild Flower, la hago sonar de nuevo. Bailo desnudo: salto, en realidad, me doblo por la cintura, vuelvo a saltar y aterrizo de cuclillas. Grito la letra, me llevo las manos a la boca como si tuviera un micrófono, contorsiono los hombros, alargo la mano, ofreciendo o exigiendo algo, tal vez el aire,  hundo la barbilla en el pecho. Vuelvo al principio, pero el timbre del horno suena antes de que acabe.  Mientras como, delante del ordenador, abro el archivo de texto titulado la salamandra. Sólo tiene una frase:

“Supe que el mundo había cambiado porque un día, sin más, la salamandra estuvo ahí”.

Escribo:

“No como un trémolo que distorsionaba el fondo de su jaula cristalina, ni como una emanación súbita y  breve de calor. Ni como un destello, a veces blanco, a veces aurirojizo, apenas percibido un instante por el rabillo del ojo, sino completa: vibrando con el esplendor blanco de un cúmulo de estrellas. Aunque su masa pulsátil mudara con cada aliento en un sinnúmero de formas, recordaba en todo momento, de alguna manera, a una quimera que juntaba al calamar y al lagarto prehistórico. No dejó de parecerme extraño, porque yo siempre he imaginado a las salamandras como una especie de tritones rojizos, cuyas manchas son puro fuego, o bien como mujeres con carne de lava – que es como las explican algunos alquimistas-. Pero el caso es que estaba allí, rutilante y mutable, inquieta en su encierro de cristal. Y yo supe, sin ninguna duda, que algo había cambiado. Que los canales se habían despejado y la magia ya no era más un goteo incierto si no que se vertía en el mundo como un torrente”.

Después, porque el día es demasiado caluroso, y el sudor casi ha llegado a fundir la tela con la piel, me ducho otra vez.

Dejo la casa a oscuras y enciendo el televisor: los suaves parpadeos conmueven todos los perfiles de la habitación de un modo mínimo pero perceptible; un paisaje – tiene algo de acuático-  que cambia veinte o treinta veces por minuto, que se mueve más veloz que el coral, más lento que el caracol, con la fluidez de una medusa. El efecto se acentúa al cambiar de canal: durante un instante solo queda la esencia fantasmal, en negativo, de la persistencia retiniana, luego: todo un planeta nuevo. El sonido, además, el paso de una sintonía a otra, contribuye a afianzar esta sensación de viaje estático e instantáneo. De pronto, una voz, o más bien un timbre, me saca de la modorra, de la sucesión de pensamientos inconexos, sin demasiado sentido, en la que me ido adentrando. Era clavada a Blanca, me digo. Cambio los canales en orden inverso pero la voz – seguramente de un anuncio – ya no está. Durante el siguiente minuto trato de regresar a esa extensión de ideas vacías, tan parecidas a dunas enlazadas, despojadas de cualquier coherencia. Pero por más que pulse los botones sé que no voy a conseguirlo.

Tengo una erección casi dolorosa: la reacción habitual a la voz de Blanca o a su recuerdo: No importa si me está diciendo lo que piensa hacer con mi polla en cuanto la tenga a mano, o si me está hablando de la mejora de las especies de trigo.

La conocí en el Funland: Junto con el Lino es uno de los tres o cuatro lugares que me ha sido siempre propicios si quiero encontrar a una extraña. Esa noche no era mi intención. Mi intención no era otra que beber hasta perder cualquier vestigio de inteligencia. El Funland también es un buen lugar para eso. De vez en cuando me ocurre. Entonces no llamo a nadie.  A la mañana siguiente me sorprendo de haber sabido llegar a mi cama y me dispongo a soportar un día de pesadez y dolor. Juro, en la agonía de los cristales de azúcar – los imagino como una delicada capa de hielo espinoso, tan translúcida como afilada, congelando mis neuronas, una a una, hasta formar una red resplandeciente – en la marea de la náusea, no volver a hacerlo. Nadie queda libre de los lugares comunes. A veces, no siempre, una vez que pasa la resaca, se apodera de mí una claridad extraordinaria: las ideas fluyen como torrentes y los puntos muertos, los pequeños atascos, desaparecen.

Blanca, aquella noche:

Quizás porque el bar rebosaba de gente, o porque estaba concentrado en beber, muy despacio, a tragos cortos, tardé un tiempo en comprender que la mujer me miraba. Quizás porque me miraba lo primero que me llamó la atención fueron los ojos: Grandes, gélidos, azules, el azul intenso y profundo que tienen los ojos de algunos gatos siameses. Cuando me desprendí del momentáneo encanto de esos ojos pude ver el rostro, el cuerpo que adornaban: era una cara bonita, al modo septentrional, enmarcada en una caída de cabello rubio que no llegaba a rozar los hombros. Tardé unos momentos en darme cuenta de que había algo desconcertante, inarmónico, en sus rasgos, aunque nunca he llegado a decidir dónde está la falta. No es alta, pero tampoco se puede decir que sea pequeña. Cuando se dio cuenta de que yo también la miraba, torció sus labios tentadores en una sonrisa casi irónica: ya era hora, parecían decir. Bajé la mirada a la barra y volví a levantarla. Ya no estaba. Noté, con sobresalto, que me tocaban la espalda. Seguía sonriendo, plantada de pié, detrás de mí. Aferraba, más que sostenía, un vaso medio lleno de una bebida naranja. Sus gestos no parecían completos del todo, como si se viera obligada a contenerlos para que no la sobrepasaran. Me llamo Blanca, dijo.

Inmediatamente, el deseo se tensó debajo de mis calzoncillos.

Ya no quería beber. Quería sentarla en la barra, quería sacarle las medias, sacarle las bragas, abrir sus piernas, comerle el coño, follarla hasta la extenuación. Así se lo dije. Ella replicó, riendo, que eso no iba a ser posible, que qué pensaría la gente, pero que su casa quedaba muy cerca. De modo que allí nos fuimos: se dejó caer sobre la cama, le quité las medias sin cuidado, dejándolas inservibles, se quitó las bragas, le comí el coño y follamos y dormimos y volvimos a follar, una y otra vez hasta mucho después de que hubiera amanecido.

Desde entonces nos hemos estado encontrando cada cierto tiempo, siempre de modo fortuito. Vamos a su casa o, por diversión, buscamos algún banco en alguna plaza desierta, el amparo de alguna boca de garaje – ella extiende sus manos, como abanicos, contra el hormigón rugoso y manchado y me ofrece su grupa; cabrón, grita cuando se corre -. Dos veces fuimos a un hotel, pero ella prefiere la calle o su cama –  colocada frente a un ventanal que nunca cubre con ninguna cortina -. Sólo una vez vino a mi casa.

Ahora sé algunas cosas de ella, que es botánica, por ejemplo, que le gusta el vodca con naranja, que tiene una beca de investigación y trabaja para mejorar cultivos. Detalles poco importantes que la convierten en algo más que una extraña, poco menos que una desconocida. En algún momento intercambiamos teléfonos, pero sólo los hemos usado dos veces, una yo, una ella; preferimos dejar al azar nuestros encuentros.

Ahora, sin embargo, sin pensarlo siquiera, pulso su número. No descuelga.

Rebeca, la dueña y camarera del Zeppelín Out of Hell, deja la segunda ronda en el borde interior de la barra, apenas al alcance de nuestras manos. Nunca he llegado a saber si la curvatura de sus labios, tan cálida como desdeñosa, llega a ser una sonrisa o es algo completamente diferente. Algo tan alejado de los códigos de expresión comunes que será imposible desentrañarlo. Entre los habituales – pero siempre en otro sitio que no sea el Zeppelín – se intercambian todo tipo de rumores: se da por sentado que mató a su marido, pero nadie sabe decir si fue un accidente o cualquier otra cosa.

– No, no, no. De ningún modo… – estoy contestando a Arturo cuando suena el teléfono. Rechazo la llamada.

– Era Lola – les confío a mis amigos. –Últimamente no para de llamar.

Arturo mueve la cabeza de un lado a otro: no aprenderá, quiere decir. La sonrisa de Juan está afilada por la ironía más cruel:

– Veo a alguien precipitarse al infierno – dice.

– No, esta vez…- quiero protestar.

– Cuantas van ya, con esta serían cuatro, ¿no? –ataca Arturo

– No..

– Sabes, chaval, después de lo que te hizo la última vez habría que empezar a pensar que lo tuyo es puro masoquismo.

– Os digo que no he hablado con ella. No quiero. Ella me llama y yo no contesto.

– Sabia decisión…

– Bueno, algún día te vencerá la curiosidad, o la tentación, y descolgarás…

– Y te llorará…

– Y tú té ablandarás como un cachorrito…

– No va a pasar nada de eso- Replico algo enojado, a sabiendas de que, quizás, no les falte razón.

No hace tanto, algo menos de dos años, un domingo a las cinco de la tarde: El café que estaba bebiendo sabía demasiado fuerte, estaba demasiado caliente. Unas horas atrás, lo que había sido un perfecta mañana de primavera había dado paso a una atmósfera caprichosa, malintencionada: podía ver, a través del cristal de la puerta, como los folletos de supermercado, los envoltorios de caramelo, las pelusas de los chopos y hasta algunas cajas de cartón, eran obligados a bailar en círculos; una coreografía que los forzaba a arrastrarse y rodar por el suelo,  elevarse, luego, y volar un trecho más o menos largo, caer de nuevo en una dirección impredecible. De vez en cuando, desde las nubes deshilachadas que sorteaban velozmente los tejados – las antenas aún reflejan el sol de un claro anterior -, caían brevísimas ráfagas de lluvia.

– Vaya mierda de día – me dijo el camarero.

– Vaya mierda de café – le respondí. Antes de que pudiera replicarme entró Lola. Tenía el pelo enloquecido por el viento, la expresión vacía:

– Qué alivio- dijo, – qué alivio encontrarte.

Vino a abrazarme, hecha un haz de sollozos inconclusos, temblores breves, palabras pronunciadas a medias.

Año y tres meses más tarde: Habíamos acudido a la fiesta de cumpleaños que nuestra amiga Rita daba en su piso. Hacía rato que no veía a Lola, pero el piso es grande, y, como Rita quería celebrar por todo lo alto, habían venido muchos invitados. Encontré a gente que no había visto en mucho tiempo, otra con la que me veo a menudo: unos y otros tenían mucho que contar, noticias que dar, chistes nuevos y chistes muy viejos. Me ofrecí a ir hasta la cocina, en busca de algunas cervezas. Y en el pasillo estrecho y largo,  brumoso en el humo de tantos cigarrillos, vi a Lola, colgada del cuello de Kevin, absorta en largo beso que había dejado en sus barbillas un brillo de humedad.

– Lo siento, tío, estaba pedo – me diría Kevin unas semanas después. Por un momento tuve intención de preguntar si sabía qué era de Lola, pero me mordí la lengua, palmeé su hombro y me apresuré calle abajo.

– Bueno, he de irme a casa- dice Juan. – El pase pernocta es limitado, pero por lo menos los niños estarán ya en la cama.

– Yo también, por la mañana tengo un partido – añade Arturo.

– Jamás entenderé como te dejan que arbitres a esas chavalitas…

– Eso es porque no saben que es un puto sátiro enfermo…

– ¿Y tú qué, te quedas?

Ellos se han levantado, pero yo no. Miro el botellín delante de mí, casi lleno, abro mis oídos a “Iron man”, que hunde sus ráfagas de guitarra en las paredes rojas, en mis huesos; por el rabillo del ojo tengo un atisbo de una muñeca cargada de pulseras. Rebeca: está secando un vaso. Me incorporo despacio; simulando los achaques de una vejez centenaria, me apeo de la banqueta.

– Hoy he sacado el coche – digo – ¿queréis que os acerque?

– Hombre, ¿y ha arrancado? Igual, después de tanto tiempo, se le ha olvidado.

– Capullo.

Sólo Juan, que no vive lejos pero es perezoso, acepta la invitación.

Al abrir la puerta del piso, me sobresalta una luz- más bien una bruma luminosa, como dispersa por un aerosol, azulada o gris, apenas lo bastante fuerte para que los ojos la tengan en cuenta- que viene del umbral de mi despacho. Huele a tabaco, mucho más que cuando he salido. También se oyen voces, no tanto susurros como expresiones de urgencia, imperiosas, dichas en un tono tan bajo que se han vuelto ininteligibles. Según voy avanzando por el pasillo, con cautela, se hacen más nítidas; pronto entiendo: – fuck my ass, fuck my ass. Es una voz de mujer y miente: Cada suspiro una impostura de ansiedad y deleite. El gruñido grave, el yeah, que le responde no es más verdadero, pero por alguna razón, quizás el aburrimiento que no logra esconder del todo, me parece más honesto. Durante un instante mínimo me parece que la imagen de la pantalla del ordenador no es otra cosa que un frenesí de formas para las que no tengo nombre, ninguna referencia; un movimiento agitado pero mecánico de un color que quiere parecerse a la piel. Inmediatamente advierto que se trata de un plano detalle: una polla de pesadilla hundiéndose en el ano de una mujer: una y otra vez, una repetición apresurada, medio fuera y otra vez dentro,  hasta los cojones afeitados. Los grititos casi histéricos se mezclan con la especie de aplauso o redoble líquido que emiten las piernas de él al chocar con las nalgas de ella: es parecido al ruido de la bobina que se acaba en un proyector.

Junto al teclado hay un cenicero rebosante de colillas. Reconozco la marca de cigarrillos que Lola acostumbra a fumar, uno tras otro, con más ansiedad que placer. Debajo del cenicero asoma una hoja arrancada de una libreta: “Por favor, llama. Yo no puedo esperar más”. No entiendo a qué se refiere, si a esperar aquí – la imagino perfectamente: sentada en el suelo, mirando este porno que descargué hace tiempo, el reproductor programado para repetirse una y otra vez; tiene las piernas cruzadas en una imitación desmañada del asana del loto, el brazo izquierdo lánguido, sobre la pantorrilla, con la mano derecha se lleva el cigarrillo a la boca, da rápidas caladas parecidas a suspiros; tal vez se haya masturbado – o quizás a otra cosa. Cierro el video y arrojo la nota a la papelera.

Apenas hundo mi cabeza en la almohada regreso a un al lugar dónde he estado muchas veces, en otros sueños: Un edificio que mi memoria onírica ubica en una plaza que sólo se parece a la plaza real – la plaza Prosperidad -, de una manera tangencial, en la forma aproximada. Aunque la casa- vieja, arenosa- sólo cuenta con tres plantas, uno podía perderse en un laberinto de escaleras y pasillos, cámaras, que suben, bajan y se alargan en todas las direcciones. Todo está hecho de madera, incluso la colmena de balconadas – dispuestas en un azar de diferentes alturas, conectadas por puentes de cuerda y tablón – que llenan un patio de luces en apariencia inacabable. El lugar cambia con cada sueño, pero es siempre esencialmente el mismo. Por alguna razón lo identifico como un refugio, como un hogar. Hoy lo recorro hasta llegar a una habitación que sé que es mi habitación – otras veces había sido un gran apartamento, o una suite, un pequeño palacio dentro de aquel entramado, o una choza colgante -. Las paredes están cubiertas de un papel azul, con un dibujo tan difuminado que apenas se distingue si son plumas de pavo real – sé que lo son – o cualquier otra cosa: abstracciones perfectas de rostros, el cetro de júpiter, una manada de bombillas. Una cama sencilla, una silla y una mesa de color verde, alivian un poco el vacío; también el cuadro: un fondo del color  y la consistencia del humo; me siento en la cama, a esperar. No sé qué espero. Ahí acaba el sueño. Luego hubo otros, inquietudes apenas recordadas – subo con el pasaje de un avión hacia un destino que no puedo recordar – eclipsadas pronto por la negrura perfecta del sueño profundo.

Me despierto despejado, hambriento de aire, de movimiento. No son aún las ocho de la mañana. Enciendo el ordenador y miro los correos. Conrado ha contestado: “He consultado con los chicos, dicen que puede intentarse”.  Bien, me digo para mis adentros, luego cierro el correo para no tener que seguir mirando esa fuente que usa Conrado: letras gruesas, mayúsculas en negrita, que, en días como hoy, me parecen casi ofensivas, llenas de un infantilismo impersonal y agresivo. Tomo dos cafés y una tostada antes de ponerme a trabajar hasta el mediodía. Mientras fuerzo mi resistencia al calor bajo la ducha, decido que bajaré al Teodolito a tomar un aperitivo y leer los periódicos, que hoy no me afeitaré.

El Teodolito no está demasiado lleno. Más tarde, dentro de una hora u hora y media, cuando llegue la segunda oleada del sábado por la mañana, apenas cabrá un alfiler. Pero nosotros, los que venimos pasadas las doce y media, somos pocos y no armamos bullicio, nos gusta la tranquilidad. Nos conocemos, nos saludamos siempre, y a veces entablamos cortas conversaciones; sobre el tiempo principalmente, sobre los críos, sobre las vacaciones, sobre futbol o política. Como la mayor parte de estos temas me son ajenos, suelo deplorar la lluvia, o el calor excesivo, agradecer el fresquito que se ha echado, convenir en que tal proyecto de ley es una patochada, o defender que tal otro es oportuno. Son raros los días en que, como hoy, se ven caras nuevas. Están sentados en una mesa junto a la ventana. El contraste entre su aspecto descuidado y el aplomo de sus gestos tiene algo de quimérico. Los dos hablan con voces graves. De cuando en cuando, una frase  se eleva por encima de la música, a volumen medio, que ambienta el bar: – Si, lo deciden, de alguna manera. Y no sólo eso, guardan memoria de lo que no llegaron a ser…- .

A media tarde Arturo me llama para saber si voy asistir a la fiesta del Balmoral. Siguen llegándome llamadas de Lola. Abro el archivo La Salamandra, escribo:

“Podría haber sido una mujer muy atractiva, tanto por sus formas como por su juventud, pero el rigor que adornaba siempre sus rasgos rechazaba cualquier proximidad. En el pasado me había causado no pocas molestias, hasta que el juez la prohibió acercarse a menos de quinientos metros de mi o de mi propiedad. Tarde tras tarde, encabezaba a sus adeptos evangélicos hasta las puertas de mi finca. Llevaban pancartas en la que se leía el lema bíblico  “no soportaréis brujos entre vosotros”. Las agitaban como armas o estandartes mientras ella vomitaba sermones incendiarios contra mi persona. Durante algún tiempo me planteé la posibilidad de provocarle algún sarpullido, alguna infección inofensiva pero molesta. Recapacité: aunque yo no hiciera nada, seguramente me culparía de cualquier contratiempo que sufriera y la enconaría más contra mí.  Traté entonces de encantarla, de ponerla a mi favor, pero como sucede a menudo, la magia en esa ocasión no funcionó como debiera. Decidí acudir a la ley.

Hoy ella viste un traje que, pese a su bonito color siena, tiene la  fea severidad de un atuendo de celadora. Como esperaba, sale de la sede de su iglesia a las siete en punto. Me alegra que no la acompañe ninguno de sus fieles. Cuando me ve acercarme, primero, durante una fracción de tiempo casi imperceptible, se encoge; después levanta la cabeza, mirando ostentosamente a otra parte, componiendo la más perfecta mueca de asco y desprecio que me ha sido dado ver. De todos modos me acerco a ella, la saludo con el más amable “buenas tardes” del que soy capaz. La miro socarrón mientras mis dedos giran tres veces el pedacito de pergamino que guardo en el bolsillo. Escupo una palabra. Ella se para en seco, me mira, sonríe.

La tercera vez me corro dentro de su culo; no puedo evitar lanzar una risa, casi un ladrido, al escuchar el ruido de tapón que hago al salir de ella.

– Cómetela – ordeno- hasta los cojones. Bébelo todo.

Cuando su lengua se enrosca en mi glande ya no albergo ninguna duda. Algo ha cambiado. Contemplo la sombra del movimiento  de su gaznate bajo la luz asombrosa de la salamandra. Contento, eyaculo otra vez”.

La fiesta sólo ha tenido un éxito moderado y Luis anda ceñudo detrás de la barra. Pone un gesto ofendido cuando le pido una 1488:

– Joder, si la fiesta es de Guiness, bebe Guiness.

– Estoy harto  – replico. – Me caen bien los irlandeses, pero habría que juzgarles por crímenes contra la humanidad por no advertir que su cerveza eleva exponencialmente el peso del estómago después de la segunda pinta.

– Exageraciones.

– Tú pon lo que te he pedido.

– Tienes razón – me dice una mujer de voz suave. Una voz que parezco reconocer, pero que no puedo situar sino muy lejanamente en el tiempo,  a la que soy incapaz de poner un rostro. – La Guiness es demasiado pesada.

Es una cara bonita, mucho, pero no me parece haberla visto nunca. Bebe algo entre verde y grisáceo, llevará algún refresco de limón, supongo, y sonríe de una forma encantadora.

– Más que demasiado -digo

Apoya sobre la barra su mano derecha, larga, de dedos promisorios, arácnidos. Cuando la mueve al hablar se refleja en el esmalte del mostrador un anillo muy grande, tal vez de plata, con un enorme cristal gris, tallado sin simetría: de tanto en tanto los vivos destellos que nacen en sus aristas, llegan hasta mis ojos, pero no me molestan.

– Qué pelos – me dice.

– ¿Qué, cómo?

– Deberías haber dicho: anda qué tú.

– Pero si lo llevas perfecto.

– Subway, la película.

– De Luc Besson, ya. Christopher Lambert. Me gustó. Mucho, a decir verdad. Hace tiempo que no la veo, no recuerdo la escena.

Suena el teléfono, es Lola. Me disculpo y salgo del bar. Descuelgo:

– Qué coño quieres. Déjame en paz.

Solloza y el sollozo no suena de una forma muy diferente a un crujido de estática:

– Tenemos que hablar. Estoy mal.

Por un momento me siento como si hubiera privado a un bebé de cuidados, como una línea de hielo, sacudida por un viento aún más frío. Inmediatamente me asaltan las ganas de reír: la risa me llena el pecho, como una marea violenta. Pienso en decir: He conocido a alguien. Sin embargo suelto:

– Reales Aerolíneas Belgas.

– ¿Qué, qué quieres decir?

– Asociación de Radioaficionados de Viginta.

– Por favor…

Cuelgo. Tiro el teléfono a la carretera. Empieza a sonar en el aire, pero el golpe lo enmudece. Espero, no mucho tiempo, a que un coche pase por encima del aparato desperdigando metal y plástico, cristal líquido y silicio. Entonces dejo escapar la risa.

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