A Chritsmas eve

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Las innumerables bombillas navideñas, tendidas profusamente entre las casas, enraizadas en los ramajes de los árboles, semejantes a hiedras parásitas con frutos como centellas, me herían la vista, hacían que se me humedecieran los lacrimales. Los villancicos caían de todas partes desde megafonías improvisadas. Los cláxones del tráfico apretado, denso como la brea, se sumaban a las canciones, poniendo un contrapunto irritado a las voces, chillonas, puramente felices de los niños cantores. Me confundían. Y me confundía la multitud, que avanzaba poderosamente en direcciones contrarias, con los pómulos rojos, rostros casi idénticos, mareas de abrigos que milagrosamente no chocaban. Me pareció maravillosa, un paso de valet, una finta impecable, la forma en que una mujer con la cabeza envuelta en un pañuelo verde, evitaba que ella y su retoño dieran de bruces con un hombre alto, embutido en un abrigo. El hombre hizo un ademán de disculpa, la expresión de la mujer se volvió más oscura y agria. Ambos llevaban de la mano bolsas térmicas de ultramarinos. La mayoría de ellos llevan bolsas de comida. (…)Alguien, una anciana corpulenta que ostenta una papada insolente, me pisa el pie y me insulta.

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