NEW YEAR WEATHER

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A eso de las cuatro de la tarde el cielo cambió por completo: De pronto ya no hay más lámina azul, no más cristal pulido, sino un te-cho compacto y cremoso, que difunde una luz sombría, color madre-perla. Este tejido de nubes bajas permanecerá ya todo el día. Todo pa-rece estático por debajo de este cielo –un cielo de natrón, pesadísimo, que momifica el tiempo -: los viandantes, los coches en las calles sólo están dotados de un movimiento aparente, gris: como una serie de instantáneas primitivas, apenas conectadas entre sí. Sólo mucho más tarde, a media noche, comenzará a nevar: Un aguanieve levísima re-cibe el año(…)

Deslizándome entre gente que bebe ruidosamente, risas, abrazos, felicitaciones, llego a hacerme un sitio en la barra. Gabriel y su mujer corretean de un extremo a otro, sirviendo, cruzando saludos. Ella tie-ne una sonrisa dulcísima, aunque algo triste, densamente maquillada. De cuando en cuando pienso que su rostro es una perfecta máscara de respetabilidad. Gabriel, por esta noche, ha abandonado su habitual gesto adusto: un haz de arruguitas feroces se congrega alrededor de sus ojos, y tiene una comisura de la boca permanentemente levantada. Ahora estoy de acuerdo con los que afirman que se parece a Robert de Niro. Extendiendo los brazos, se aproxima a mí y me felicita el año; antes de que pueda decir nada deja ante mí una copa de cham-pán(…)

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A Chritsmas eve

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Las innumerables bombillas navideñas, tendidas profusamente entre las casas, enraizadas en los ramajes de los árboles, semejantes a hiedras parásitas con frutos como centellas, me herían la vista, hacían que se me humedecieran los lacrimales. Los villancicos caían de todas partes desde megafonías improvisadas. Los cláxones del tráfico apretado, denso como la brea, se sumaban a las canciones, poniendo un contrapunto irritado a las voces, chillonas, puramente felices de los niños cantores. Me confundían. Y me confundía la multitud, que avanzaba poderosamente en direcciones contrarias, con los pómulos rojos, rostros casi idénticos, mareas de abrigos que milagrosamente no chocaban. Me pareció maravillosa, un paso de valet, una finta impecable, la forma en que una mujer con la cabeza envuelta en un pañuelo verde, evitaba que ella y su retoño dieran de bruces con un hombre alto, embutido en un abrigo. El hombre hizo un ademán de disculpa, la expresión de la mujer se volvió más oscura y agria. Ambos llevaban de la mano bolsas térmicas de ultramarinos. La mayoría de ellos llevan bolsas de comida. (…)Alguien, una anciana corpulenta que ostenta una papada insolente, me pisa el pie y me insulta.

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Yo te lo puedo enseñar

No Tan Master Luluhttp://edicionesmukei.com/1.html

– Ya estás aquí- dijo.

– Qué quieres, dormía- replicó él con aspereza, a medias divertido, consciente de que aún estaba borracho.

– Claro que dormías. Todos duermen. Menos yo. Y por eso te lo puedo enseñar. Ven, siéntate.

Justin siguió de pie.

– Como quieras. Pero así no te lo puedo enseñar.

– Enseñarme el qué.

– Eso de lo que estás hablando siempre. Eso que quieres pintar. Todo. Lo que está debajo, detrás de las cosas.

– Eso es sólo una forma de expresarse. No hay nada detrás de las cosas. Lo que quiero decir…

– Sí que lo hay – dijo ella suavemente. – Siéntate yo te lo enseño.

Cansado, Justin se acuclilló a su lado y rodeó sus hombros con las manos.

– Es mejor que nos acostemos. Es muy tarde.

– Espera… de verdad… Tú sólo dame la mano. De verdad, yo te lo puedo enseñar.

Entonces ella le echó el humo a la cara y le sujetó la mano. Justin cerró los ojos y trastabilló cayendo de culo en el suelo. Sunset lo aferró con más fuerza, dijo:

-Mira

Abrió los ojos. Le lloraban un poco, pero eso no justificaba que de repente el pasillo pareciera rielar como un espejismo, que  aunque fuera el pasillo, no lo fuera en absoluto, pero tampoco ninguna otra cosa, salvo algo que se estaba formando, quizás un atisbo mal enfocado, quizás una imagen mal sintonizada que poco a poco, al girar el dial, fuera cobrando sentido. Pero fuera lo que fuera, aquello no parecía ir a tener ningún sentido, sólo maravilla. Se sentía aterrado y expectante. Al cabo de unos instantes el miedo ganó. Se soltó violentamente de Sunset, a regañadientes, sin embargo.  Roto el contacto, el pasillo se restituyó, vacío, con el brillo de las bombillas desnudas chocando en el suelo. Sunset se rió.

Ella nos muestra la danza

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Simón se lanzó hacia delante abriéndose paso entre las olas de un movimiento browniano compuesto de ombligos, ojos, dedos, dientes; de notas retorcidas sobre sí mismas en un sintetizador hasta alcanzar cuartos de tono que entablaban discusiones arrebatadas; de olores remotamente zoológicos, manifiestamente sexuales; de luces  que, desde su núcleo, herían con espadas blancas su propio espectro de cuatro colores. A veces le pareció verla, debajo de un brazo, o frotándose contra un vientre, pero nunca fue ella, o acaso se había hurtado a él colocando a otra en su lugar. Cuando estaba cerca de alcanzar el claro, el movimiento cesó. Todos, en un gesto sincronizado, se volvieron hacia el centro. Se vio obligado a parar, se vio obligado a mirar. Una letanía  se había apoderado de las gargantas de la muchedumbre: Ella nos muestra la danza