LECTORES

El talismán de la costurera

LECTORES

 

 

A día de hoy es complicado, fuera del ámbito de las librerías de viejo – y aún allí es difícil – encontrar alguno de los libros de Joan Perucho. No recuerdo haberlo estudiado en los manuales de literatura de la escuela, aunque quizás me falle la memoria, y tal vez, aunque fuera de refilón sí que se lo mencionaba. Todos estos hechos podrían producirme extrañeza, si no fuera porque vivimos en el lugar en que vivimos, una nación cuyos escasos lectores se inclinan, al parecer, a esa tipología de lector que Cortazar llamó – con poca fortuna, siguiendo los tópicos de una clasificación puramente medieval- “lector hembra”. Mejor, quizás, sería llamarlo lector pasivo, o vago, o acomodaticio, o dormido. Este consumidor de libros se caracteriza por ir siempre más o menos sobre seguro, elige casi siempre el mismo tipo de lecturas en las que se encuentra cómodo, estructuras y argumentos predecibles, que se atengan a la ley de la causa y el efecto – de ahí el triunfo del género policial, que además permite jugar a los rompecabezas, potenciando, si es capaz de anticipar el final, la buena opinión que este lector pueda tener de sí- . Cualquier planteamiento novedoso, cualquier cosa que en el texto no se explique, o no pueda ser explicada, cualquier historia que se aleje de la historia que de un modo u otro ha estado leyendo siempre, cualquier factor inesperado, inquieta, angustia y, las más de las veces, espanta, al lector pasivo. Se diría, a juzgar por las listas de ventas, por la producción editorial, que en este país abundan más los lectores de esta especie. Este tipo de lectores, por supuesto, producen un tipo de escritor completamente adaptado a sus gustos, que no arriesgará ni la colocación de una coma si esto puede contrariar a su público, que es casi lo mismo que decir que al mercado editorial. A día de hoy – quitando unas pocas voces aguerridas – la española es una literatura que no corre riesgos, que se niega a aventurarse más allá de cuatro tópicos seguros. Y esto no se da sólo en la llamada literatura generalista, también los géneros que nos han sido más extraños, como la fantasía, adolecen – también con alguna interesante excepción- de una notable falta de curiosidad y valor, conformándose con transitar, y a veces con torpeza, los senderos más sencillos y de probada eficacia.

Por eso Perucho ha caído en un casi completo olvido editorial. A pesar de ser uno de los mejores estilistas del siglo XX, tanto en castellano como en catalán. A pesar de que su obra es una de las más osadas, interesantes, fascinantemente paradójica en su mezcla de sencillez y complejidad, de la literatura mundial. Porque Perucho, supo ver lo que es la literatura, y, sobre todo, supo hacerla. Supo que a veces la teoría aristotélica – aquello del planteamiento, nudo y desenlace – es útil y que otras veces hay que desecharla como un estorbo, o jugar con ella de modo que nadie pueda decir, de firme, que es planteamiento, o que es nudo, que es desenlace. Supo que explicar cada suceso de una historia, cada causa, cada efecto, no siempre es necesario y a veces lastra. Supo que lo que ocurre en las historias que narramos no tiene por qué parecerse al mundo ni respetar sus leyes. Supo que el arte de contar es libre de decir lo que quiera y no dar razones. Que el género no existe, sólo la literatura, y que esta se hace mejor si se ignoran las fronteras.

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