TÚ QUE CRUZAS ESTAS PUERTAS…

El talismán de la costurera

TÚ QUE CRUZAS ESTAS PUERTAS…

No son pocas las veces en que se ha acusado a las historias fantásticas y a la ciencia ficción de ser meros entretenimientos, de literaturas escapistas y, sobre todo,  de no tener conciencia. Se suele despreciar el hecho de que la habilidad de meramente entretener es ya de por si todo un logro y algo que debe agradecerse-. Por otra parte, esa llamada conciencia – pero ¿qué es la conciencia?, ¿los baremos de la conciencia de quien o de qué grupo se consideran una válidos? – puede enriquecer una obra, pero no aporta necesariamente peso a su valor estético, incluso un exceso de ella puede ir en detrimento de la obra misma.

Además, estás acusaciones son falsas: en los medios fantásticos hay, como en cualquier otra forma literaria, obras llenas de denuncia y conciencia.

Por ejemplo: entre mis tebeos favoritos se encuentra la serie Hellblazer. Este conjunto de historias, o líneas argumentales, van esbozando las aventuras – muy poco venturosas – y vida de John Constantine, antigua estrella de rock – y clon de Sting-transformada en una suerte de hechicero. El terror sobrenatural funciona como telón de fondo dónde, tan siniestro o más que los demonios, los fantasmas y los monstruos varios, resalta un retrato poco amable de la sociedad – la Inglaterra de la era Teacher, en principio, pero como el personaje es viajero y la serie se alargó en el tiempo, muchos más lugares y momentos más modernos recibieron lo suyo -. Este retrato, como digo, resulta acaso más terrorífico que los trasfondos argumentales. Entre mis preferidos está el número tres de la serie, una estupenda sátira, más bien amarga, sobre la forma en que los  tejemanejes de los mercados – en los que los propios demonios están metidos – pueden llevar a la ruina a una sociedad, traer el infierno a la tierra a lomos de las políticos y las políticas que los amparan. La última página no tiene desperdicio.

Quizás esta serie, en concreto aquellos primeros números, me ha venido a las mientes porque hay algo terriblemente parecido entre el mundo, el aquel entonces que retratan, y el ahora. Uno no puede dejar de advertir en las calles, en la prensa, en los cenáculos, la misma violencia incipiente hacia lo extranjero, el mismo fanatismo, la misma desesperación en la mayoría de la gente, la misma conmiseración falsa en unas minorías bien situadas, un fingimiento de preocupación que oculta apenas una sonrisa de triunfo- por haberse salido con la suya, importa poco el precio que hayan pagado los demás-, casi iguales a las que destilan las viñetas de aquellos primeros números.

Y se me antoja que, desde hace tiempo, hemos caído en un infierno cíclico, del que no somos arquitectos pero que en cierta manera –  entre otras cosas por apoyar y aplaudir el proyecto de esos arquitectos, convencidos de que es el único posible – hemos contribuido a edificar. Un infierno en el que, como el griego aquel, estamos obligados a arrastrar una piedra enorme hasta la cima de una colina para, una vez conseguido, verla volver a caer, y empezar de nuevo. Podemos llamar afortunados a aquellos que no son arroyados por ella, o al menos no reciben lesiones demasiado graves.

Me gustaría tener la esperanza de equivocarme, de que las cosas van a cambiar, de que esta vez la piedra quedará en la cima. Pero ya se sabe que la esperanza hay que dejarla a las puertas del infierno.

DE VIAJE

El talismán de la costurera

DE VIAJE

 

 

Hoy voy a esbozar someramente un plan de viaje, una guía más que breve de ciudades a las que no podremos llegar en avión, barco, tren, coche, caballo o a pie – por más que tengan aeropuertos, o buenas instalaciones portuarias, o hermosas estaciones de ferrocarril -. La forma de acceder a ellas, es, sin embargo, mucho menos complicada y requiere menos molestias que emprender una travesía al bar del barrio o la panadería: Basta con ponerse cómodo – túmbese con un cojín bajo la cabeza, arrellánese en un sofá, sillón o chaise lounge, tírese en el suelo; o acomódese como buenamente pueda en los difíciles asientos de un autobús, un tren, un avión, este viaje se puede hacer a la par que otros –y abra el libro que corresponda, aquel en cuyas páginas se encuentra nuestro destino.

Son muchas las ciudades cuya topografía se extiende exclusivamente en párrafos y frases, se edifican con letras y metáforas, y se ubican en los valles angostos que median entre las páginas de los libros. Repasaré algunas de ellas, y perdonen si mi limito, hoy, a los arquitectos y urbanistas más modernos.

Empezaré por M. John Harrison, que nos ha dado dos hermosas ciudades futuras: Viriconiun, de la cual ya he hablado en ocasiones, y Saudade, un puerto alienígeno lleno de una belleza desesperada. Viriconiun es la ciudad al final del tiempo, edificada en torno a un barrio de torres – minet saba – donde vive la realeza y que son vestigios de prodigios tecnológicos olvidados: es un lugar de héroes que apenas saben serlo, artistas matones, poetas traidores, y dioses borrachos. Conjuga el encanto y la decadencia de toda ciudad digna de ese nombre: cosmopolita como París o Viena, con sus cafés y bistrós, pero tan sanguinaria, en sus diversiones, como la antigua Roma, peligrosa como cualquier suburbio de mala fama a causa de las continuas reyertas entre bandas de nombres poéticos. Saudade es una ciudad de paso, de noches animadas, donde sólo se quedan aquellos que han perdido empuje. Conocemos Saudade, sobre todo, a través de sus bares, porque es allí donde, de un modo u otro, comienza todo. Es una ciudad costera, y una ciudad fronteriza, una ciudad de serie negra donde está de moda el new nuevo tango, y la músicas del siglo veinte. Dónde el Jazz crea gente que luego se esfuma. En Saudade cayó un día el Solar de sucesos, donde la física, la geografía y la memoria pierden sentido, dónde algunos valientes o desesperados buscan peligrosos y caros objetos de contrabando, o a sí mismos.

Otro gran arquitecto moderno es China Mieville, que dentro de su trilogía de Bag Lass, ha edificado tres ciudades sorprendentes. Primero está Nueva Crobuzon poderosa ciudad estado, fuente de toda corrupción y de toda esperanza, semejante en algunos aspectos a la Viriconiun de Harrison pero con una identidad propia: Así como Viriconiun esta entregada al sueño más o menos tranquilo de la agonía, Nueva Crobuzon está siempre a punto de estallar en conflictos sociales nunca resueltos. Luego, también magníficas, están las ciudades móviles: Consejo de hierro, una ciudad que es un largo tren que se mueve sin cesar; construida durante una revuelta de trabajadores del ferrocarril es un símbolo para los revolucionarios de Nueva Crobuzon. Y, por último, trabada con barcos, la ciudad naval de Armada, dedicada a la piratería y a la persecución del más enorme de los monstruos marinos…

LECTORES

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LECTORES

 

 

A día de hoy es complicado, fuera del ámbito de las librerías de viejo – y aún allí es difícil – encontrar alguno de los libros de Joan Perucho. No recuerdo haberlo estudiado en los manuales de literatura de la escuela, aunque quizás me falle la memoria, y tal vez, aunque fuera de refilón sí que se lo mencionaba. Todos estos hechos podrían producirme extrañeza, si no fuera porque vivimos en el lugar en que vivimos, una nación cuyos escasos lectores se inclinan, al parecer, a esa tipología de lector que Cortazar llamó – con poca fortuna, siguiendo los tópicos de una clasificación puramente medieval- “lector hembra”. Mejor, quizás, sería llamarlo lector pasivo, o vago, o acomodaticio, o dormido. Este consumidor de libros se caracteriza por ir siempre más o menos sobre seguro, elige casi siempre el mismo tipo de lecturas en las que se encuentra cómodo, estructuras y argumentos predecibles, que se atengan a la ley de la causa y el efecto – de ahí el triunfo del género policial, que además permite jugar a los rompecabezas, potenciando, si es capaz de anticipar el final, la buena opinión que este lector pueda tener de sí- . Cualquier planteamiento novedoso, cualquier cosa que en el texto no se explique, o no pueda ser explicada, cualquier historia que se aleje de la historia que de un modo u otro ha estado leyendo siempre, cualquier factor inesperado, inquieta, angustia y, las más de las veces, espanta, al lector pasivo. Se diría, a juzgar por las listas de ventas, por la producción editorial, que en este país abundan más los lectores de esta especie. Este tipo de lectores, por supuesto, producen un tipo de escritor completamente adaptado a sus gustos, que no arriesgará ni la colocación de una coma si esto puede contrariar a su público, que es casi lo mismo que decir que al mercado editorial. A día de hoy – quitando unas pocas voces aguerridas – la española es una literatura que no corre riesgos, que se niega a aventurarse más allá de cuatro tópicos seguros. Y esto no se da sólo en la llamada literatura generalista, también los géneros que nos han sido más extraños, como la fantasía, adolecen – también con alguna interesante excepción- de una notable falta de curiosidad y valor, conformándose con transitar, y a veces con torpeza, los senderos más sencillos y de probada eficacia.

Por eso Perucho ha caído en un casi completo olvido editorial. A pesar de ser uno de los mejores estilistas del siglo XX, tanto en castellano como en catalán. A pesar de que su obra es una de las más osadas, interesantes, fascinantemente paradójica en su mezcla de sencillez y complejidad, de la literatura mundial. Porque Perucho, supo ver lo que es la literatura, y, sobre todo, supo hacerla. Supo que a veces la teoría aristotélica – aquello del planteamiento, nudo y desenlace – es útil y que otras veces hay que desecharla como un estorbo, o jugar con ella de modo que nadie pueda decir, de firme, que es planteamiento, o que es nudo, que es desenlace. Supo que explicar cada suceso de una historia, cada causa, cada efecto, no siempre es necesario y a veces lastra. Supo que lo que ocurre en las historias que narramos no tiene por qué parecerse al mundo ni respetar sus leyes. Supo que el arte de contar es libre de decir lo que quiera y no dar razones. Que el género no existe, sólo la literatura, y que esta se hace mejor si se ignoran las fronteras.