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TERRAMAR

Quizás los clásicos de fantasía épica no sean un tema de conversación adecuado para la barra de un bar, pero el caso es que estábamos hablando de eso, de fantasía épica, y del otro lado ponderaban, como es habitual, las bonanzas de “El señor de los anillos”, y a mí se me ocurrió decir que vale, que el señor de los anillos está muy bien, pero que quizás había sido superada, y que, en todo caso, hacía mucho tiempo que no era mi favorita, o que, por decirlo mejor, se había quedado muy atrás en la cola de los favoritos. Del otro lado me miraron con paciencia, una de esas miradas que dan a entender que uno está diciendo tonterías, que quizás ha bebido ya demasiado. Pero yo estaba tomando café, americano, con hielo, y después de otro sorbo me animé a afirmar que los libros de Terramar estaban más cerca de ser una cumbre dentro de la fantasía, y si me apuraban dentro de la literatura, que cualquiera de las obras de Tolkien. Y entonces me miraron como si estuviera loco. Los del otro lado, que la única ficción que leen es, precisamente, fantasía, me miraron como si estuviera loco. Si es una mierda de mago, que no hace nada, dijeron. Con que no hace nada se referían a que no lanzaba bolas de fuego que arrasaran con varios enemigos a la vez. A que, de hecho, en todo el libro, en ninguno de los cinco libros- dejo aparte el de cuentos- haya nada digno de llamarse batalla. Y si uno lee fantasía, al menos como la leen en el otro lado, uno espera bolas de fuego y batallas. Las sutilezas, la literatura, son lo de menos. Por lo tanto me guardé mi defensa, iba a ser inútil contra alguien tan convencido de cómo deben ser las cosas, y decidí pasar a otro tema. Porque no habría modo, lo sabía, de convencer al otro lado de que, en realidad los magos de Terramar, se cuentan entre los más poderosos de la literatura. Es cierto que hacer hacen poco, pero no porque no puedan, si no porque ponderan muy bien si deben o no. La magia en Terramar no crea cosas de la nada, y el mago que invoca la lluvia en un sitio puede estar provocando sequía en otro. O dicho de otro modo, la abundancia de unos, suele acarrear la escasez de otros. Y, de alguna manera, esta responsabilidad en el uso del poder, podría tomarse como el elemento más fantástico o fantasioso de Terramar. Más que los dragones, las transformaciones o los terremotos apaciguados por la voluntad del mago. Uno se aventura a pensar qué haría alguien, en nuestro mundo, con los fabulosos poderes de los magos de Terramar y tiembla.

MITAD DE CAMINO

Ya casi llego a la mitad, y van para tres meses de camino. Ha habido paradas, claro, distracciones, otros libros que había que leer, que contarles. Sigue habiéndolos, de hecho. Sin embargo considero que, a pesar de no haberlo acabado, tengo que hablar ya de “Solenoide”. No será este el único artículo que de dedique a la novela. Habrá otro más, por lo menos, quizás dos. Más notas de viaje que artículos de crítica.  Y, probablemente, con el modo breve, fragmentario, que usó Basho en sus “Sendas de Oku”, que con la minuciosidad de Leigh Fermor. O pude que al revés.

Ya escrito al menos tres veces sobre Mircea Cartarescu. Quienes recuerden esos artículos sabrán que es uno de los autores que me tienen algo enamorado –es afortunado que en esto de los libros la poligamia no solo esté permitida sino que sea, de algún modo, obligatoria- . Uno de estos artículos se titulaba “La visión y la voz”, y aunque se centraba en “Cegador” hablaba de la obra del rumano en general. Venía a decir que Cartarescu pertenece a una raza de escritores visionarios. También que tiene una voz propia, muy propia, y deslumbrante. En realidad pienso que todo buen escritor, que los escritores que admiro, son visionarios de algún tipo – y por visión entiendo aquí imaginación en su sentido más puramente etimológico, es decir, la gestación de imágenes-, y que, en mayor o menor medida, tienen una voz propia, un modo particular, más rico, más pobre, de infectarnos con esas imágenes. De convertirnos en visionarios a los lectores. En Cartarescu, el equilibrio entre visión y voz, es casi perfecto, como lo fue, por ejemplo, en Machen. Hay, primera nota paisajística, cierto parentesco entre el Londres de Machen y el Bucarest de Cartarescu.

También he dedicado alguna que otra línea a lo que podría llamarse subcultura gnóstica en la literatura. Muchos escritores, de manera más manifiesta –Sábato, Durrell, M. John Harrison, Onetti, otra vez Machen-, o menos manifiesta – Dikens,  Cervantes, en algún momento,  Navokov-, se han hecho eco del mito gnóstico, una de las fantasías más hermosas y terribles de la invención humana. En estos artículos sobre autores “gnósticos” no llegué a incluir a Mircea Cartarescu, lo que es un error. Ya en “Nostalgia”, principalmente en “El Mendébil” y “El Arquitecto”,  también en “REM”, aparecía alguna de las variaciones que adopta el mito gnóstico.  Pero “Solenoide”, a mitad de camino, está resultando ser una obra casi totalmente gnóstica. No es solo que la novela contenga una secta gnóstica de su propia invención, los Piquetistas, es que su concepción del mundo como cárcel – un conjunto de cárceles: la cárcel que es el colegio dónde enseña el protagonista haría relamerse a Foucault y Piranesi-, de trampa  o laberinto del que hay que escapar es puramente gnóstica.  A esta concepción, próxima a Sábato, hay que añadir que, al igual que las mitologías gnósticas, “Solenoide”, a ratos,  sutilmente,  juguetea con la tentación del solipsismo.

Por alguna razón, también encuentro una relación oscura entre “Solenoide”  y el “Tao Te King”,  ese libro que quiere explicar el Tao y empieza diciendo: “El Tao que se puede decir no es el verdadero Tao”. Esta frase, ignoro por qué, me viene a las mientes cada vez, y son muchas, que esta novela se declara una no-novela.

EDITANDO UN MUNDO

Déjenme hablarles de un descubrimiento reciente. Una novelita deliciosa de una jovencísima autora cubana. La novela se llama “El Jazz ácido de Nueva Zelanda”,  la autora: Amanda Pérez Morales. Está editada por La Pereza, editorial americana que se dedica a publicar textos principalmente hispanohablantes. Sus criterios, por lo que he leído de ellos hasta ahora, anteponen la calidad a la comercialidad. Lo que en los tiempos que corren no deja de ser admirable, heroico incluso.

“El jazz ácido de Nueva Zelanda”, breve, pero intensa, es una novela más ambiciosa de lo que parece. Tildarla de filosófica no sería erróneo, su autora es filosofa y en algo ha de notarse,  pero tampoco la explicaría. Quizás porque la filosofía que se destila en sus páginas es de una levedad desencantada, un tanto disidente y cuestionadora. Y, sobre todo, divertida. Y terrible hasta lo atroz. Es una novela que algunos podrían calificar de difícil- no lo es, su levedad, su tono, la gracia de la escritura, la hacen sencilla de digerir-. Para disfrutarla en plenitud hay que tener un buen armario de referencias, conocer algo nuestra literatura occidental, algo de nuestras tradiciones filosóficas. Detalles por lo demás esperables de la gente que se llama a si misma lector, ya que estas referencias se adquieren con la lectura. Por lo demás, estas referencias no son intrincadas, y son, o deberían ser, fáciles de reconocer. Aunque estoy seguro de que alguna se me ha escapado. No logro, por ejemplo, ubicar a Anna. Anna es la directora creativa de la editorial La Factory, el microcosmos extraño dónde se desarrolla, en su mayor parte la novela. Una editorial, sita en una avenida burguesa, arbolada, donde, al parecer, se hace de todo menos editar. O quizás se edita en los momentos en que su personal no está en otras cosas. Pero son esas otras cosas las que hacen novela. Que es ante todo una novela de personajes y sus pensamientos. O quizás sea más preciso decir de pensamientos encarnados en personajes. Personajes que, a su vez, son en cierta manera emanaciones de personalidades y personajes de la literatura: Tenemos al Bardo,  que es Shakespeare, también poeta, pero reducido a corrector de textos. A su esposa Molly, que es también Molly Bloom, entre muchas otras cosas. Tenemos a Margarita, que es la Margarita de Fausto, una encarnación fea de la Margarita de Fausto que sólo desea la muerte. Al director que se cree o podría ser Andy Warhol. Y al subdirector, que deviene en fantasma. Y luego a Elemosine, que se regodea en sus culpas. Y a su amiga, que se ríe de ella. Ya a Anna, bruja, amante del Bardo, visionaria de unicornios, y, finalmente, reina carolliana de corazones. Alberto, el asesino perplejo. Y fuera de la editorial tenemos a Lulú, bailarina exótica y holográfica, y a Isabel, dueña ya mayor de un negocio de sombrillas, que a veces son la misma persona y otras veces dos. Y al judío Dominique, que, en cierta manera- tangencial, oscura-,  acaba siendo el protagonista, o el centro sobre el que todo acaba pivotando.

Y todos estos personajes, sus historias, reflexiones, que los llevan a un giro final e inesperado hacia lo atroz, nos viene dado en una prosa bella, amenísima, cimentada en un tono zumbón, que transforma algo que habría quedado en un puñado de anécdotas, en una novela poderosa, divertida y terrible.

IDENTIFICACIÓN

A veces, hoy por ejemplo, pienso en algunos tópicos que suelen aparecer en las portadillas publicitarias de los libros, que difunden algunos críticos y blogueros que se dedican a comentar libros, incluso gente que aconseja como escribir, y que pasan por ser lar razones por las que se leen libros. No dudo que haya gente que comparta estas razones, que las haya asumido como suyas, pero lo cierto es que a mí, y sospecho que a unos cuantos lectores avezados, ninguna de estas supuestas virtudes, me llama a leer. De hecho están muy lejos, o son casi opuestas, a las razones por las que leo. Esto siempre y cuando tenga unas razones claras para leer, cosa de la que no estoy del todo seguro. Normalmente, esto de leer es como un enamoramiento de bar: uno ve un libro que le llama la atención, no sabe muy bien por qué, acaso le ha pillado en la hora tonta. Empieza a leerlo. A veces las cosas van bien, otras no tanto.

Pero si bien no puedo precisar por qué leo un libro, qué me ha gustado de él hasta haberlo terminado, si que puedo decir cuales no son las razones por las que leo un libro: identificarme con el personaje, por ejemplo. Bien, nunca me he identificado con un personaje. A veces, sobre todo de niño, he querido ser un personaje, por ejemplo, el Júpiter Jones de los Tres Investigadores, pero desde luego, no me identificaba con él. Para empezar, siempre he sido enjuto y Júpiter tiraba más bien a gordito. Eso sí, admiraba lo listo que era el chico, lo hábil que era para resolver, siendo un niño apenas mayor que yo, todo tipo de misterios. Durante un tiempo, lo recuerdo, llegué a adquirir el tic de tirarme del labio, que era lo que hacía Júpiter cuando estaba cavilando, a punto de dar con la solución al misterio. Pero esto no es identificación, sino imitación. Un derivado que a veces se da del juego de la lectura. Pero no identificación. Porque, veamos, uno, por ejemplo, solía leer bastante a Lovecraft. Identificarse con los personajes de este autor es imposible. Gentes, por lo general bastante aburridas, académicos acomodados, por un lado, pueblerinos siniestros, por otro, que tropiezan inevitablemente con un horror que, salvo en contadas ocasiones, les lleva a una muerte atroz o a locura. Pues no, no me identifico con ellos. Bastante tengo con lo mío.

A todo lo más puedo llegar a admirar, o compartir, algún rasgo, alguna opinión del personaje. Incluso puedo querer a algunos que, de encontrármelos en una cafetería, no tendría más remedio que afearles la conducta. Sin embargo, mientras permanecen dónde deben estar, en el libro, pues la verdad es que sí, que visto de esa manera, su manera,  yo también me hubiera cargado a esos gilipollas, despacio y con mala sombra. Porque quizás una de las cosas que si busco al leer, una de las razones que tengo para leer, y miren que me hace feliz descubrir que alguna razón hay, es ser vicariamente otro.

 O no exactamente. Porque un personaje, no es exactamente otro. Es una serie de palabras, a las que yo, al leer, presto ojos y vida.  De otro modo no existe.  Un personaje no es una persona, con la que uno se puede identificar. De hecho, el personaje que yo sostengo, difícilmente puede ser el mismo personaje que sostiene mi vecino. Casi del mismo modo que el yo que soy yo no es el mismo yo que es mi vecino.

PREMIOS Y PREMIADOS

Hace no mucho les hablé de la última novela premiada con el Hugo, “El problema de los tres cuerpos”, del chino Cixin Liu. Mencioné  la expectativa que había provocado al ser la primera que recibía este premio que no estaba escrita en lengua inglesa. Les dije también que, a mi juicio, aunque tenía cosas interesantes, tampoco me parecía una novela especialmente remarcable. Haciendo estas mismas consideraciones con un amigo fue como descubrí  Anna Starobinets. Lo que me dijo mi amigo fue que no entendía como si se trataba dar el premio a una novela escrita en otra lengua que no fuera el inglés habían escogido precisamente “El problema de los tres cuerpos”, cuando había cosas por ahí bastante mejores, como, por ejemplo, cualquiera de las obras de la rusa Anna Starobinets. Yo había oído hablar de ella, pero aún no había leído nada. Resolví, en ese momento, enmendar esa carencia. Y así, dos libros después – aunque en realidad solo hacía falta uno-, he resuelto que mi amigo tenía toda la razón del mundo, y Anna Starobinets ha pasado a formar parte del club selecto de “las escritoras que me gustan mucho”. En este club, que no es pequeño, pero tampoco muy extenso, encontraran ustedes a Ursula K. Legin, Angela Carter, Margarite Youcenar, Angélica Gorodicher, Silvia Plath, Clarice Lispector, y a otras más que no menciono porque las enumeraciones demasiado extensas son de mal gusto.

Se compara a Anna Starobinets con Stephen King – la King rusa, la llaman algunos publicistas, que saben mucho de vender pero no tienen idea de literatura-, pero lo cierto que es que no tienen casi nada que ver. Sus tratamientos del hecho terrorífico, de lo macabro, son bastante diferentes, los efectos que consiguen, distintos. Por ejemplo, mientras que en King el terror suele tomar la forma de una amenaza concreta, en la escritora rusa son los hechos desnudos, o una acumulación de estos, los que van produciendo distintos grados de incomodidad, temor y extrañeza. También, y esto era inevitable, se la compara con Kafka. Y ahí no voy a dar ni quitar la razón. Solo apostillar que tal vez más que kafkiana – y, en serio, ¿alguien sabe a estas alturas qué significa realmente kafkiano?, quiero decir que el adjetivo se aplica a tantas cosas que…-, más que kafkiana, digo, Starobinets es una autora “metamorfosiana”. Con esto quiero decir que muchos de sus cuentos y su novela “Refugio 3/9”, son en cierta medida revisiones, variaciones, o indagaciones sobre “La Metamorfosis”. Hasta tal punto que uno de los protagonistas de la novela que hemos citado debe aprender el arte de metamorfosear. Estos cambios, que ocurren, salvo en dos o tres casos, al azar, sin agente externo que los provoque, no afectan sólo a personas. Quiero decir que no siempre es el personaje el cambia, aunque siempre es en mayor o menor medida víctima del cambio. Puede darse un cambio, más simple, pero no menos misterioso, de un documento, para que literalmente toda la vida del protagonista, se vea patas abajo. A veces, también, es el mundo entero el que cambia, dejando a los personajes a merced de unas circunstancias nuevas, desconocidas, a las que no saben bien como adaptarse.

Por esta y otras muchas razones, estoy de acuerdo con mi amigo. A la hora de otorgar el Hugo, hay autores mejores, o más interesantes que el chino Liu. Anna Starobinets, por ejemplo.

MUCHO RUIDO

Mucho se ha hablado y mucho se ha esperado la traducción al español de “El problema de los tres cuerpos”, la primera novela en chino que gana el prestigioso premio Hugo, que viene a ser  el mayor galardón dentro del campo de la ciencia ficción. Bien, pues ya está aquí. Y no sé si decir si tanta expectativa estaba justificada o no. Si la novela es tan grande o importante como se lleva diciendo. La prosa es correcta, hasta buena, pero no excepcional. Tal vez se daba a la traducción,  no puedo decirlo. Aunque se agradece que en esta ocasión no sea la traducción de otra traducción. Pero las traducciones de Nova hace tiempo que adolecen de cierta flojera, cierto matiz de cosa hecha a toda prisa, que han llevado a que me lo piense mucho a la hora de adquirir un libro publicado en esta colección. Eso y el hecho de que la calidad del papel, del  cartón de las portadas, a veces incluso de la impresión, es pésima y absolutamente desproporcionada con el precio del producto.  Casi, o no tan casi, un timo.

Sin embargo la novela de Cixin Liu tiene su interés,  por no decir que a ratos, muchos ratos, es muy interesante. En otros cojea, no es fácil decir por qué, apenas una sensación, el interés decrece. Aunque hay que decir que se recupera con presteza. Se ha hablado mucho de la originalidad de la trama, que la tiene, aunque no alcanzo a decir si tanta como se pretende. Intentaré no caer en el error desvelarla demasiado que tantos críticos han comentado y qué quizás me han estropeado un tanto el deguste de esta novela. Sabía cosas que la novela no desvela hasta casi llegado el final, y que en cierta manera, estropea esa bien lograda, aunque ligera – como hecha de palos y sedas, – estructura que nos conduce de uno otro descubrimiento. Tras una breve instrucción en el salvaje y triste ámbito de la revolución cultural china, la novela, ya en el presenta nos enfrenta a una serie de suicidios de eminentes científicos. El motivo de estos suicidios se nos revela pronto: el universo no parece estar comportándose como debiera, y la ciencia se les revela como inútil, incapaz de resolver y predecir las leyes que rigen el mundo. Decirnos por qué esto  es así y si es realmente así ocupará todo el resto de la historia, hasta un final que de no ser, al menos en mi caso, por comentaristas y reseñas que revelan más de lo preciso, se nos mostraría como u giro sorprendente.   Quizás uno de los elementos más originales de la historia, sea ese juego de realidad virtual, que se llama igual que la novela “El problema de los tres cuerpos” y que sirve no solo para ayudar a avanzar en la historia, si no también como didáctico y amenísimo, incluso divertido, repaso de los grandes avances científicos de la humanidad.

También se ha discutido mucho sobre si nos hallamos ante una novela de ciencia ficción dura, es decir, una novela que se atiene a lo que sabe o sospecha la ciencia, o no. Yo diría que sí, a pesar de las dos o tres suposiciones y licencias que se toma, la novela se ciñe bastante al marco de lo que físicamente es posible o no.

Uno de sus mayores defectos es quizás el trazado de los personajes, más que tosco. Se diría que no son más que otra escusa para hacer seguir la trama.